¿qué historia se enseña hoy en argentina? | revista crisis
suplemento especial #32 / crisis pregunta
¿qué historia se enseña hoy en argentina?
Un adelanto del suplemento exclusivo para los suscriptos a la revista Crisis: les preguntamos a 15 destacados historiadores de diferentes tendencias políticas sobre el estado actual de la enseñanza del pasado en nuestro país. Respondieron Dora Barrancos, Felipe Pigna, Marcos Novaro, Pacho O'Donnell y Luis Alberto Romero, entre otros. ¿Cómo pasamos del revisionismo de los setenta al presente sin historia cambiemita?
Ilustraciones: Frank Vega
19 de Marzo de 2018
crisis #32

Diciembre de 1973. Tercer mes del tercer gobierno de Perón. El número 8 de la mítica revista crisis presenta un dossier con una pregunta precisa: ¿se enseña en la Argentina la historia real del país? Respondieron 15 historiadores de diferentes tradiciones ideológicas: Osvaldo Bayer, Fermín Chávez, Norberto D'Atri, Guillermo Furlong, Enrique De Gandía, Julio Irazusta, Arturo Jauretche, Félix Luna, Leonardo Paso, Ana Lía Payró, Rodolfo Puiggrós, Jorge Abelardo Ramos, José Luis Romero, José María Rosa y Vicente Sierra. Una grieta dominaba el debate en aquella ardiente coyuntura política: revisionismo versus historia liberal. Se discutía el contenido de la memoria colectiva. Los fundamentos de la nación. El material se ha convertido  hoy en bibliografía obligatoria de varios Institutos Superiores de Historia.

Casi medio siglo más tarde, un grupo de estudiantes y graduados del Profesorado Joaquín V. González decidieron retomar la aventura.

Marzo de 2018. Tercer año del gobierno de Macri. En el número 32 de la nueva revista crisis publicamos otro informe con una sutil variación en la pregunta: ¿qué historia se enseña hoy en la Argentina? Contestan 15 especialistas de distintas tendencias políticas: María Elena Barral, Dora Barrancos, Ema Cibotti, Gabriel Di Meglio, Federico Lorenz, Marcos Novaro, Pacho O'Donnell, Felipe Pigna, Luis Alberto Romero, Alberto Sileoni, Javier Trímboli, Claudia Varela, Enrique Vázquez, Pablo Volkind y Sergio Wischñevsky. En la actualidad el panorama cultural es bastante diferente. Desde el Estado se insiste en la irrelevancia del pasado para comprender los desafíos del porvenir. A tono con la época, el expresidente Eduardo Duhalde propuso, a fines de 2017 en un seminario de prospectiva, consensuar "una agenda que sea 10% pasado, 40% presente y 50% futuro, porque no podemos seguir discutiendo hasta a Cristóbal Colón". Para el pensamiento hegemónico, el estatuto mismo de lo histórico se desvanece en el aire.

Lo que sigue es nuestro modesto aporte al debate, con la intención de reabrir la polémica.

DORA BARRANCOS

Yo creo que hay una cierta renovación de tópicos, por ejemplo respecto de incorporar el punto de vista de la historia de las mujeres —sin que me haga muchas ilusiones igualmente. También en lo que tiene que ver con la historia más reciente de Argentina, que ha ganado mayor presencia. Nadie da el siglo XIX por dar el siglo XIX. Aunque trabaje ese período o la época medieval, sigo creyendo en la magnífica idea de que el tiempo de la historia es el presente. Entonces, eso provoca migraciones, cambios en la perspectiva: hay una cierta convocatoria a repensar el siglo XIX a la luz de la Argentina contemporánea.

Después, me parece que en algunos lugares del interior prevalece una especie de teluria historiográfica que tiene que ver con la realidad regional. Ahí no me animo a diagnosticar cuál es la novedad, porque hay renovación de las historias regionales —y qué bien que se haga— pero se me escapa cuál es el cambio de los puntos de vista.

1973 era un contexto de enorme significación semiológica, porque estaba ardiendo la sociedad argentina en función de un propósito de transformación radical que nos acometía a quienes éramos jóvenes. Y esto evidentemente había atrapado la convicción revisionista de la historia y de otras disciplinas teóricas, era necesario atravesar los saberes académicos con ese enorme constructo de urgencia social del momento. Hoy no existen estas fracturas políticas formidables en la Argentina, ideológicas y políticas, no por lo menos a la manera del pasado: más bien hay actores que vuelven a revisar el pasado pero apenas como una evocación retórica. La urgencia del 73 consistía en revisar todo el siglo XIX a la luz del presente, y darle una especie de sentido anacrónico.

Prácticamente no se retienen tópicos de los setenta. A menudo se dice “esto nos pasa desde hace dos siglos”, pero eso es una composición retórica que aporta poco a los sentidos de las discusiones actuales, en cambio antes sí tenían alta significación estas fraguas: revisionismo versus liberalismo. Una misma, que procura pensar con sentidos radicalmente democráticos, poniendo en primer plano a las mayorías, recusa cualquier anacronismo, cualquier fijación esencial de sentidos, porque es absurda. La sociedad del siglo XIX no tiene nada que ver con la nuestra, los sintagmas del siglo XIX no tienen nada que ver con los nuestros. Yo siempre he alertado acerca de la caducidad de los conceptos, contra los fórceps históricos. Por ejemplo, la palabra imperialismo tomada hoy no tiene el mismo significado que durante el siglo XX: la abstracción del movimiento alucinante de capitales que andan por el mundo, la inaudita separación del capital financiero respecto de su base material, es un fenómeno que no se puede comprender con las mismas categorías del pasado.

Siento que hoy tiene más importancia en los debates y presentaciones una cuestión como las sexualidades disidentes. Hay allí una extraordinaria cantera de sentidos, de derechos personalísimos, que enriquecen la noción de derechos sociales.

(1940) Investigadora  y directora del CONICET. Publicó Mujeres en la sociedad argentina: una historia de cinco siglos (2007).

MARCOS NOVARO

Creo que hay bastantes cambios en la historia que se enseña. Uno que me llama mucho la atención es que se ha vuelto bastante más contemporánea. En mi época de estudiante secundario se llegaba, con suerte, a la década del treinta, obviamente por razones políticas pero también por esa separación entre la historia y el presente que era muy fuerte. Lo mismo sucede en la vida académica, porque la mezcla entre politólogos e historiadores, o entre sociólogos e historiadores es más frecuente, antes estaban más separados. 

Pero eso tiene también su lado negativo: yo creo que la mezcolanza ha redundado en un deterioro de la calidad y del rigor en el análisis histórico. El gremio de historia era muy exigente en criterios de calidad y validación. La mezcla con el resto de las ciencias sociales yo creo que la ha deteriorado. En el mismo sentido, la politización y el relativismo se han incrementado de mala manera. Tal vez sea injusto, pero me parece que al relativizar los criterios de autoridad y validación se entró en una especie de tómbola de todo vale, yo tengo mi perspectiva, vos tenés la tuya, hago lo que se me canta. Por lo tanto, cada uno lee lo que quiere escuchar. Así como uno ve muchas investigaciones y docencia sobre historia reciente —y uno en principio diría: "es bueno"—, a veces se ven cosas muy berretas, muy cerradas, muy parciales y que no dialogan con otras perspectivas. Yo tengo la mía, vos tenés la tuya. Ni siquiera tenemos conflicto, lo que tenemos es indiferencia. Como los medios de comunicación: cada uno elige el medio que valida lo que ya piensa. Esto ha contribuido a un debilitamiento que se observa también en otras ciencias sociales, solo que el resto tenía menos que perder.

Me parece que en los setenta creció esa ola del compromiso político, y de una historia que no podía ser indiferente a la pregunta de a quién le sirve. Pero ese impulso yo creo que no llegó a ignorar el hecho de que la historia profesional tenía ciertos estándares que respetar. Entonces, Alberto Plá es un tipo muy militante, por ejemplo, pero extremadamente riguroso. El más militante tenía que ser el más estudioso, porque tenías que leer todo para poder pelear en igualdad de condiciones en el terreno de la disciplina científica. Me parece que en la situación actual no se trata tanto de compromiso político, sino más bien de faccionalismo. El gran problema no es que haya historiadores militantes enfrentados a historiadores cientificistas, sino que avanza un relativismo que en términos epistemológicos implica un camino a la degradación de la calidad. Si vos validás lo que escribís solamente por los referentes ideológicos que comparten tu postura, ya estás adoptando una posición en la que no te interesa enfrentar una historia liberal para derrocarla. Han desaparecido las grandes figuras, ya no tenés grandes historiadores: ni liberales ni antiliberales, ni marxistas ni antimarxistas, ni de izquierda ni de derecha. Lo que tenés es un achatamiento.

Los dos años que llevamos de gobierno de Macri me parece que validan las perspectivas que ya existían antes, no veo que haya mucha novedad más que un cambio en la correlación de fuerzas relativo. Me parece que mucho entusiasmo restaurador no hay, no se sabe muy bien qué quiere hacer el gobierno con los programas de educación, en principio parece que no quiere hacer nada, o al menos no hay interés o no es una prioridad. Pero sí hay un discurso antipopulista, pro República, que recuerda esa primera Argentina que prometía tanto y que hay que recuperar.

(1965) Investigador y miembro del Centro de Investigaciones Políticas. Dirige el programa de Historia Política del Instituto Gino Germani. Publicó Historia de la Argentina 1955-2010 (2010).

JAVIER TRIMBOLI

Es una pregunta casi inabordable. Rápidamente, para hacer una diferencia entre cómo se podía responder en 1973 y ahora, te diría que de un tiempo a esta parte el lugar que ocupa la historia en las sociedades pasó a ser otro. En 1973, previamente a la crisis del fordismo, del estado de bienestar, había una lengua que hablaba la política y esa lengua era casi indisociable de la historia. No había forma de sostenerse en la política, y el Estado no tenía manera de pensarse a sí mismo, si no era a través de la historia. Incluso hasta los propios gobiernos dictatoriales se fundaban en apreciaciones ligadas al pasado, anclándose, filiándose con determinadas líneas históricas, con tradiciones. Me parece que de un tiempo a esta parte, sobre todo a partir del agotamiento que produjo la dictadura militar, incluso también cierto hastío después de la Guerra de Malvinas, hubo como una suerte de “basta de Historia”. “Basta de Historia” que en buena medida antecedió el “Fin de la Historia”.

Para el sujeto que se ha transformado en dominante en este momento del capitalismo tardío, la historia no sirve, no hace mundo, se puede pasar por alto. Porque lo que produce mundo es el consumo. Y una estética del consumo que se adosa a él. Lo notable es que en el proceso político que concluyó en 2015 se promovió desde el Estado un tipo de interpelación que hacía pie en la historia y que buscaba producir el recuerdo de otras formas de vida, que de alguna manera desacomodaran la uniformización de la forma de vida consumidora.

Me parece que el anhelo más fuerte del macrismo —y entiendo que es un anhelo muy acorde con la época, no una expresión caprichosa de un grupo político— sería suprimir la historia, que no exista más, zambullirnos en un puro presente y en una promesa de futuro que finalmente será de enorme felicidad para todos, atado a las mieles de la globalización. Lo que pasa es que en este momento, a diferencia de los noventa, está claro que  esas mieles no están en ningún lado.

Pero, ¿por qué la historia es un problema para el macrismo? Porque la historia es inevitablemente el recuerdo del desacuerdo, la historia te recuerda las disensiones, los equívocos, los problemas, las guerras, las revoluciones, las masacres. La historia está hecha de ese material, que es insoportable para un gobierno que se entiende a sí mismo ligado a la técnica de gobierno y que no percibe a la historia como una matriz que provea legitimidad a la forma de gobierno. El macrismo prefiere la asepsia, lo limpio, lo puro, lo que no tiene porosidad, el tiempo técnico. El tiempo histórico es un problema.

Quisiera agregar una cosa más: José Luis Romero dice en 1973 que no se enseña bien la historia porque entre otras cosas la historia es muy difícil de enseñar. Y uno de los principales elementos que la hace difícil es que la historia no es una ciencia. Está de moda decir que lo es, como si fuera una buena etiqueta, pero la historia no es una ciencia. Por la sencilla razón —creo que Carlo Ginzburg lo decía así— de que la ciencia implica repetir un fenómeno una y otra vez en un laboratorio. En historia no hay manera, los fenómenos no se repiten, son acontecimientos. No hay laboratorio posible. Por lo tanto, nunca volvés a tener la escena del crimen ante vos.

(1966) Profesor en formación docente e investigador. Publicó novelas y ensayos, el último: Sublunar, entre el kirchnerismo y la revolución (2017).

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