dónde está la violencia
neo hampa
04 de Agosto de 2012
crisis #10

P ocas palabras tienen un voltaje similar o nos atraviesan de la misma manera. Pocas palabras quieren decir tanto, son pronunciadas tantas veces en situaciones tan disímiles y generan tantos malentendidos. Cada uno de nosotros puede armar su propia definición de “la violencia” y, sin embargo, cuando la invocamos estamos seguros de que su sentido es unívoco. He ahí la primera y minúscula violencia.

El ancho diccionario de la violencia se escribe todos los días y cuenta con infinitas acepciones. Cada territorio elabora su significación, cada comunidad sabe a qué se refiere cuando la nombra, cada pibe, cada mujer, cada laburante aprende a advertir su presencia. Son los significados que se amasan en la intimidad, los que se tatúan en el cuerpo y no se transmiten por televisión. 

En los años noventas el Indio Solari nos educó en la tesis de que violencia era mentir, primero que nada. René Girard dijo mucho antes que la violencia sacrificial, ligada a lo religioso, tenía el objetivo de apaciguar las tensiones intestinas de toda sociedad: “los disensos, las rivalidades, los celos, las pugnas entre próximos que el sacrificio pretende de entrada eliminar”. Esa violencia casi viscosa se incuba en el fragor de lo social. Pequeños estallidos que configuran un lenguaje siempre cambiante, luego tartamudeado por los medios.

Los discursos que hablan de la violencia insisten en ubicarla siempre lejos de nosotros, en lugares oscuros y malignos, portadores de una pócima venenosa cuyos componentes desconocemos nosotros, los que estamos a salvo, dentro de un espacio que la violencia viene a amenazar. 

Son sermones que impiden comprender su sentido, sus causas, su lógica y  sus propósitos. Que tienden a cargar las culpas sobre grupos que no respetan el supuesto interés general. Retóricas incriminatorias, frente a una energía destructiva que muchas veces resulta indiscriminada pero que no por eso carece de fundamento social.

La violencia ya no habita en baldíos tapiados. Circula, se filtra, y emerge de improviso, sin reparar en lamentos.

 

De Alfonsín a Rioseco

La eficacia de un discurso político reside en su capacidad para fijar los límites y dejar fuera de juego a los que no cumplen con las pautas establecidad. De ahí que las interpretaciones de los gobiernos sobre los conflictos sociales no son inocuas.

La democracia alfonsinista quiso saldar el enfrentamiento político de los años 70 con la teoría de los dos demonios, y durante un tiempo consiguió diluir las culpas de una sociedad que había votado al radicalismo después de apoyar la dictadura.

Menem ahuyentó los últimos gestos de insubordinación castrense, sustrayéndoles a los militares el poder de intervención armada. Pero mientras la represión volvía a ser una cuestión estrictamente policial, la capacidad de aterrorizar a la población pasó a ser una prerrogativa del capital financiero.
2001 alumbró un nuevo tipo de violencia. El kirchnerismo tomó nota de la excepción y se propuso contener los altos niveles de conflictividad heredados, con una política reparaciones que interpeló a distintos sectores del activismo social.

Diez años después aquella situación de emergencia parece haber quedado a años luz de distancia. El 2011 se pretende una bisagra en la consolidación del nuevo orden social, normalidad avalada por el incremento masivo del consumo y la estabilización de un estilo de gobierno eficaz. 

La palabra presidencial educa y establece los marcos de tolerancia. La alusión al actual intendente de Cutral Có, el día de la promulgación de la ley de expropiación de YPF, resulta ejemplar: “Era un hombre que con la cara cubierta, en los años 90, a la vera de los caminos en su pueblo, cortaba junto a todos las rutas y quemaba llantas, allí nació el movimiento piquetero. Rioseco era uno de sus líderes. Hoy es el intendente de Cutral Có. ¿Qué quiero decir con esto? Que comprendió que había un nuevo país, que se estaban logrando cosas que nunca se habían logrado y entonces se dio cuenta que seguir cubriéndose la cara, prender fuego o hacer incendios era solamente de patrullas perdidas pero no de argentinos que comprenden que necesitan ponerle el hombro al país y trabajar”.

Rioseco entendió. Una nueva forma de Estado ahora traza las pautas de convivencia permitidas, en base a dosis cambiantes de consenso y coerción. Evangeliza. La conflictividad laboral, los reclamos por vivienda y mejor movilidad urbana, las luchas en defensa de los bienes comunes, suelen leerse como pretensiones desmedidos. Apenas nacen, estas demandas comprueban que un paso en falso las puede dejar a la intemperie. La ley y las fuerzas del orden frente a la irresponsabilidad de los que piden más y el egoísmo de los que luchan. Lo irracional frente a los votos. Marginales, argentinos que no comprenden.

Pero el resultado es paradójico, porque cuando opera la despolitización los conflictos son abordados con la misma perspectiva estéril que impera en otros ámbitos de la vida social, como el fútbol y la criminalidad. Al negarle su sentido a la violencia, en ese mismo acto, se asume la resignación o el maquillaje. Si todo sujeto colectivo es un agente del caos o bien una pura voluntad de poderío insaciable, la única interpretación posible es el enfrentamiento faccioso entre intereses deshonestos. Lo que podríamos denominar la lógica del neohampa se expande así, hasta abarcar a cada actor que decide impugnar –aunque sea en parte- el orden de cosas vigente.

El desafío para aquel dinamismo social que no esté dispuesto a resignarse consiste en sortear con lucidez la encrucijada extorsiva, desarmando la fuerza de disciplinamiento que impone la gobernabilidad en tiempos de crisis, sin acudir a ciertas remakes que sólo entusiasman a los fantasmas de siempre.

 

Del consenso a la pregunta

La política es hoy un escenario de paradojas y de roles invertidos, pero hay planos donde el consenso sigue siendo de acero. La sostenida presencia del ítem inseguridad en las agendas mediáticas e institucionales, sólo se explica por la relevancia que posee el axioma de la propiedad (ya sea estatal o privada) como principio indiscutido de toda vida en común. Una legión de nuevos bárbaros movidos por el desacople entre sus deseos de poseer y el acceso efectivo a la riqueza, sigue siendo el blanco de todas las miradas que buscan señalar al sujeto peligroso

Cuando se refiere a la violencia, el mapa de la fragmentación social no brinda una sola respuesta. Como un espejo refractario, nos devuelve interminables imágenes. La violencia reincide con renovada crudeza, en diferentes formatos, en distintos sitios, según nuevas lógicas, con acepciones inéditas que desbordan el repertorio trillado de los medios y de los gobiernos.

¿Dónde está la violencia? ¿Dónde nace? ¿Dónde se refugia? ¿Cuándo nos envenena? ¿Cuándo nos libera? Pesquisa riesgosa. Hay tantas violencias como vidas allá fuera. Sería bueno reconocerlo antes que asumirnos en un nuevo pedestal que apunta hacia la barbarie. 

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