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la política en la era del contagio memético
La pandemia es el gran catalizador de un colapso de la mente global, no su causa. La emergencia de Trump y Bolsonaro quizás no sean una pesadilla pasajera en el largo y próspero sueño de la razón. El filósofo italiano Franco Berardi pone el dedo en la llaga de la mente colectiva contemporánea, sus patologías antipolíticas y las condiciones de emergencia de una violencia que escala sin sentido. Una entrevista con Bifo para comprender el origen del pánico, sin perder la calma.
Fotografía: Julieta Colomer
04 de Noviembre de 2020

 

Hace poco el periodista Claudio Savoia publicó una estocada al corazón de la argentinidad: Fernet Branca y Coca Cola abandonaban el país. La noticia circuló en paralelo con el anuncio del grupo Cencosud de cerrar parte de sus operaciones en Argentina. La fake tuvo su chequeado (fact-check) en la web homónima de la Fundación La Voz Pública. En realidad, se trató de una intervención a partir de la captura de pantalla de una vieja noticia del diario Infobae.

La lista de noticias falsas, rumores y operaciónes de desinformación es larga y permanente; su historia también y excede por mucho a los medios y plataformas digitales. Sin embargo la intoxicación por aceleración y ensanche del flujo de información es un fenómeno reciente. Iniciativas como Chequeado resultan eficaces en algunos casos que impactan en la opinión pública, ¿pero qué pasa con los mensajes que no comprometen una figura pública? ¿Cómo se consumen los miles de videos y memes anónimos orientados a excitar la mente global?

El activista e intelectual italiano Franco Berardi en sus últimos libros Autómata y Caos (Hekht Libros) y El Umbral (Tinta Limón Ediciones) indaga justamente el quiebre de la posibilidad de elaboración racional como consecuencia de la hiperstimulación de la infoesfera.

 

memes neurolingüísticos

En los días más álgidos de la revuelta policial, circuló por WhatsApp un video en el que un grupo de adolescentes insultan en portugués y apuntan un puñado de armas oxidadas ante la cámara de celular. Acto seguido se muestran cuerpos de chicas embarazadas y chicos a los que le volaron la tapa de los sesos sepultados en pequeñas cajas de madera. Una frase se suspende en el aire por unos segundos: “Amenazaron a Bolsonaro y así quedaron”. Lo firma Fuerzas en acción, una referencia espectral a los aparatos represivos del Estado. La noticia no circuló por ningún medio masivo ni tuvo eco en los organismos de derechos humanos. Las principales búsquedas asociadas a “masacre + Bolsonaro” refieren a la gestión de la pandemia. En la primera toma no se enuncia ningún nombre propio. ¿Son los mismos jóvenes en ambas escenas? Ni las vestimentas ni el escenario de hacinamiento permiten identificar a los protagonistas. ¿Cuándo se produjo el incidente? ¿Fuerzas en acción es una agrupación parapolicial argentina? ¿Un producto de una granja de trolls para agitar el humor de las fuerzas?

No hay fact-check para esta producción ni para los miles de memes que cruzan la infoesfera. Ninguno de los integrantes del grupo de WhatsApp prestó atención a la ausencia de datos e información ni se preguntó por su veracidad. Las imágenes funcionan como una apropiación mágica del malestar social y polariza las opiniones en el grupo. “El problema no es la difusión de lo falso”, señala Franco Bifo Berardi en una conversación con crisis, sino “la incapacidad de la mente social para distinguir entre verdadero y falso, entre bueno y malo. El problema contemporáneo no es la falsedad de la información sino la extinción de la mente crítica, la incapacidad sistémica de discriminar críticamente”.

Las perillas de la razón que orientaban la vida social e individual del ciudadano, parecen ir desactivándose ante la sobrecarga de información. Las producciones de alta rotación viral se consumen sin distancia crítica, mientras el “contagio memético” –afirma Berardi– toma el lugar de la persuasión política. El orden de la razón, que se propuso como objetivo identificar “la regularidad del mundo natural y su mensurabilidad mediante el conocimiento”, tuvo su correlato en “la ley política” que proyectó esta “supuesta regularidad en la acción social”. Este orden se recodifica en ambos ejes, se fractaliza y recombina a través de las “reglas de conexión inscriptas en las interfaces técnicas de la comunicación social”. La hipótesis que cruza todo el trabajo de Bifo señala el reemplazo de la razón crítica por la facultad mitológica. “El meme es la forma mediática del pensamiento mitológico, que no conoce la crítica ni la temporalidad histórica”.

 

En su libro advierte que la humanidad ingresa en una etapa de caos cognitivo. ¿A qué se refiere?

—El caos no existe como una entidad real, es una función de la relación entre el cerebro humano y el flujo de informaciones que recibe la mente humana. La inflación semiótica (proliferación de imágenes y signos electrónicos) se torna una inflación de estímulos neuro-informativos que provoca un efecto caótico en la mente global. Cada información que golpea nuestro sistema nervioso no es solo una información, es también un estímulo. La enorme sobrecarga de estímulos nerviosos produce un efecto de pánico en la mente global. Por ejemplo, la viralización de rumores la defino como una sobrecarga nerviosa que produce una imposibilidad de discriminación crítica. No hay un problema de verdad contra falsedad. Hay un problema de demencia masiva. La pandemia no es la causa del colapso económico y psíquico que estamos viviendo sino el catalizador de un colapso que ya estaba en marcha en la economía capitalista y en la mente global.

Durante años la política fue sinónimo de planificación, pensar antes de actuar, actuar con método, analizar ventajas y desventajas. Sin embargo, el neoliberalismo impuso la gestión en tiempo real, primero de la economía y luego de toda la vida social. ¿Qué lugar asigna hoy a la voluntad política?

—Mientras el cuerpo social está paralizado por su impotencia y se enfurece bajo formas identitarias agresivas, mientras el caos se apodera de la vida social, una máquina técnica reticular prolifera y multiplica los automatismos a través de la colección masiva de datos y la integración de la inteligencia artificial. Estos automatismos tecnolingüísticos hacen posible la continuación de la acumulación capitalista y de una normalidad social cada vez más deshumana y psicopatógena. La mente corpórea de los humanos pierde todo gobierno sobre sí misma, pero el autómata cognitivo global sigue controlando esta mente y este cuerpo. Yo creo que la política, como arte de la decisión entre alternativas, como ejercicio eficaz de la voluntad, es algo que pertenece a la modernidad, a la época que empieza con Maquiavelo y termina con Lenin. El capitalismo tecno-financiero canceló la posibilidad de una elección entre alternativas, y de un gobierno consciente de la voluntad asociada. Necesitamos un nuevo arte, porque el arte político ha perdido su fuerza.

Usted señala que los humillados por el tecnocapitalismo desean venganza. ¿Cómo emerge esta violencia que tiene como vehículo a figuras como Trump o Bolsonaro?

—En las décadas del capitalismo financiero ultraliberal (que no se ha acabado, sigue siendo la fuerza dominante) existieron revueltas e intentos de reactivar la democracia social, pero todas fracasaron. No encontramos una manera política de salir de la dictadura neoliberal, porque esta dictadura no es política, es un conjunto de automatismos tecnofinancieros y de automatismos psíquicos. Enfurecidos por la impotencia de la acción política (que en Europa llega a su culminación con la humillación de la Grecia de Syriza en 2016), una masa creciente de trabajadores, jóvenes desempleados y precarios, se han convertido a una nueva forma de agresividad nacionalista, racista, que produjo el Brexit y la victoria de criminales como Trump y Bolsonaro. Esta furia identitaria y soberanista no logra salir del capitalismo, pero destroza las condiciones mismas de la civilización social. Hoy, en el largo perdurar de la pandemia, la revuelta negacionista antisanitaria multiplica la fuerza de la derecha, mientras que acentúa la tendencia hacia una guerra civil global. No deberíamos ignorar esta tendencia. Deberíamos elaborar una tercera posición entre el rigor sanitario y la irresponsabilidad de los humillados. Deberíamos reconocer que las medidas sanitarias, que reemplazan todo tipo de decisión democrática y acentúan el sentimiento de impotencia, producen efectos tan graves como el contagio mismo. Es una tarea teórica, psicoanalítica y política también.

la política, como arte de la decisión entre alternativas, como ejercicio eficaz de la voluntad, es algo que empieza con Maquiavelo y termina con Lenin. El capitalismo tecno-financiero canceló la posibilidad de una elección entre alternativas, y de un gobierno consciente de la voluntad asociada. Necesitamos un nuevo arte, porque el arte político ha perdido su fuerza.

 

empatía y frugalidad

Las empresas de plataformas encararon –después del estrepitoso rol de las redes sociales en las campañas de desinformación que precipitaron el Brexit y el primer triunfo de Trump– proyectos de verificación de noticias en articulación con organizaciones de la sociedad civil. El caso más relevante es el de Facebook, que desarrolla un proyecto con aliados locales, como por ejemplo Chequeado en Argentina, o Lupa, Aos Fatos y Estadão Verifica en Brasil. Pero esta opción encuentra sus límites en la propia estructura de las empresas y en el código cerrado de sus programas. En 2019, Claire Wardle, directora de First Draft, una red de organizaciones de fact-checking con base en Londres, lamentó en una entrevista a la BBC que “el programa de Facebook no sea un sistema abierto" y que no brinde a sus socios externos mayor ingreso a su tecnología. Un recordatorio de que las posibilidades tecnológicas y el potencial del conocimiento se encuentran constreñidos bajo la forma del capital.

En este punto, Berardi propone un alzamiento insurreccional de nuevo tipo: el alzamiento del cognitariado –los trabajadores precarios del mercado digital– como un nuevo actor político que toma la posta del movimiento obrero en su antagonismo con el tecnocapitalismo.

 

Pero, ¿es efectivamente posible considerar al cognitariado un nuevo sujeto histórico?

—Yo no hablo de sujeto histórico, hablo de proceso de subjetivación. Es decir la autoconciencia, la imaginación, la creación de vínculos solidarios al interior de la sociedad. O, al contrario, la parálisis de la imaginación, la desintegración competitiva y agresiva. Esa es la alternativa que encontramos cuando hablamos del proceso de subjetivación que se desarrolla y que podremos (o no podremos) transformar de manera igualitaria, frugal, empática, es decir humana.

Es común señalar cierto pesimismo que cruza su obra. No obstante, futurabilidad emerge como un concepto que señala las posibilidades de futuro inscriptas en la actual conformación de mundo.

—Futurabilidad significa que el futuro no está determinado, que hay diferentes futuros posibles. Lo que permite la salida del futuro tecnocapitalista solo es la conciencia y el conocimiento, pero vinculados entre ellos. El conocimiento sigue desarrollándose durante la crisis, durante el apocalipsis. Nunca se para el proceso de expansión del conocimiento. Pero este conocimiento es apartado de la conciencia ética, de la conciencia estética, de la conciencia terapéutica. El funcionamiento de la máquina depende de la actuación de los trabajadores cognitivos. Ellos son los productores del conocimiento. Pero la lógica que dirige este conocimiento es la lógica capitalista, que causa el sufrimiento de los trabajadores cognitivos mismos. ¿Cómo producir las condiciones de una conciencia colectiva del trabajo cognitivo reticular? El problema de hoy reside en buscar una salida a esta trampa colosal.

 

En algún punto el análisis de Berardi lamenta el fracaso de la modernidad, el arrebato de irracionalidad que desborda nuestras relaciones, el consumo acrítico ante el hiperestímulo cognitivo y la desconexión de la cooperación intelectual, incapaz de trazar una estrategia común; pero, por otro lado, su cartografía del caos cognitivo contemporáneo implica una posibilidad no solo para comprender los límites de la razón como guía de la vida social y ciudadana sino también para estimular la emergencia de nuevos sentidos. Una condición de futuro, inmanente a nuestro tiempo, que no plantea un rechazo hiperhumanista al devenir técnico del mundo, sino que apuesta por la desvinculación del conocimiento de la forma impuesta por el capital.

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