la ex biarritz más austral del mundo | revista crisis
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la ex biarritz más austral del mundo
De balneario de elite a ícono de las vacaciones pagas para la clase trabajadora, la historia política de Mar del Plata desemboca en una actualidad deslucida. El desempleo más alto del país, las temporadas cortas y la pauperización urbana conviven con el auge financiero y un clima político sui generis. Breve radiografía de una ciudad en caída libre, quizás ya no tan feliz.
12 de Enero de 2016
crisis #19

P erros que ladran, roncos de ladrar. Perros que dembulan, revisan la basura, ladran otra vez, siguen ladrando, cagan en las puertas (cuidarse de los patinazos al salir apurados). Mar del Plata no es más la ciudad desvencijada que era hasta mediados de la década ganada, pero la cantidad de perros abandonados por los visitantes es un baremo para medir qué clase de personas veranea todavía en esta ciudad y cuántas la siguen eligiendo como su lugar preferencial. 

Una de mis abuelas –debo reconocer en ella cierta xenofobia– preguntó una vez: ¿a eso llaman gente?, cuando la Bristol era un hervidero de cuerpos, heladeros, pochocleros, el celular era gigantesco, Internet no existía. Eso, a mediados de los ochenta. Entonces, en la costa Atlántica, solo Gesell representaba cierta competencia. Pinamar despuntaba, pero esa franja creció exponencialmente en los noventa. Punta del Este era para poca gente, esa que se imagina sofisticada. Ahora es para la grasada que se enriqueció primero con Menem y con De la Rúa y después con los Kirchner. 

Pero –convengamos una fecha: 1988– desde 1988, la última de las grandes temporadas, Mar del Plata se ha convertido en un inmenso geriátrico, repoblado por un arco de villas miseria, con una próspera universidad nacional y el porcentual más alto de desocupados del país, una infraestructura envidiable y una geografía que desafía en belleza y amplitud a cualquiera de las grandes ciudades-balneario del globo, llámense Biarritz, Coney Island, Trouville, Ostende, Atlantic City o Viña del Mar.

En la temporada de 87-88 suceden, con escasos días de diferencia, dos catástrofes populares: Alberto Olmedo muere, se cae del balcón a la madrugada, aferrado a lo que se cree era una bolsa con cocaína. Antes, Carlos Monzón, ex campeón del mundo, notable boxeador dado a los excesos, discute, también de madrugada, con Alicia Muñiz, quien entonces compartía su cobijo, y le zampa un cachetazo que la hace caer del balcón. La bella y la bestia –en versión hardcore– termina mal para la bestia (peor para la bella: muerta), el campeón preso. El país cariacontecido. Eran días complicados. La economía empezaba a hacer agua, el plan austral era un recuerdo pero todavía la ciudad se sostenía, sus industrias-base (el turismo, la pesca y sus derivados, textiles, manufacturas) eran sinónimo de plusvalía de cierta altura para algunos propietarios que desde diciembre a fines de marzo tenían las marquesinas a todo dar y recibir. El invierno, en muchos casos, se pasaba en Europa; el verano en la ciudad, al frente de las cajitas felices. Pero si bien la coincidencia entre la caída de los balcones y el declive turístico es solo eso, una coincidencia, esa fecha impone –en el calendario marplatense– el comienzo de la agonía. Si hasta llegó a decirse que cuando se oyó caer el cuerpo de la joven Muñiz, por un costado de la casa que alquilaba Monzón salía rapidito Adrián el Facha Martel, sindicado como el dealer de la farándula. Seguro: rumores infundados. Mar del Plata, en esos años, era una inmensa cocina de la mejor cocaína.

 

un sueño peronista de verano   

Señales citadinas: socialismo, masonería, vecinalismo, fascismo; antiperonismo al punto que jamás hubo un intendente peronista, a pesar de que el propio Juan Domingo Perón inauguró en 1954 el Festival Internacional de Cine junto a Gina Lollobrigida y Errol Flynn –de quien se recuerdan curiosas anécdotas sobre su pasión por el whisky y por el piano o por el piano y por el pene.

Dijo Perón en la apertura: “Hace diez años visité Mar del Plata y en ese entonces era un lugar de privilegio, donde los pudientes del país venían a descansar los ocios de toda la vida y de todo el año. Han pasado diez años. Durante ellos esta maravillosa síntesis de toda nuestra patria, aglutina en sus maravillosas playas y lugares de descanso al pueblo argentino y en especial a sus hombres de trabajo que necesitan descansar de sus sacrificios. Nuestro lema fue cumplir también acá. Nosotros no quisimos una Argentina disfrutada por un grupo de privilegiados, sino una Argentina para el pueblo argentino. En cuanto a la situación social bastaría decir que aquí el noventa por ciento de los que veranean en esta ciudad de maravilla son obreros y empleados de toda la patria”. Es decir, antes de la llegada del peronismo al poder, Mar del Plata era un balneario de elite. Después, con el peronismo, de masas. Pero el proceso parece haber sido más complejo. A partir de la llegada del ferrocarril, en 1914, Mar del Plata recibe, desde principios de diciembre, 28.300 pasajeros. En la temporada 1926-27, 60 mil. Y diez años después, 200 mil. Aunque la elite ya convivía con las masas no gozaba de las comodidades del turismo sindical y otros beneficios que los trabajadores alcanzan con el justicialismo. Pero los cortes nunca son tan abruptos. 

Lo cierto es que las urnas siempre le dieron la espalda al sueño peronista de verano. “¿Cómo puede ser, perdimos otra vez Mar del Plata”, dicen que preguntó el General después de arrasar en las elecciones de 1973. En efecto, la única comuna socialista del país volvía a ser La Perla del Atlántico, inalcanzable –aun hoy– para el peronismo, a pesar de que Amado Boudou y Ricardo Echegaray, militantes del partido de Álvaro Alsogaray, se hayan vuelto peronistas, y de que el vecinalismo de Acción Marplatense sea ahora mismo un apéndice administrativo de Daniel Scioli y Florencio Aldrey Iglesias. En las últimas elecciones, Gustavo Pulti fue sepultado por los votos y se espera que la próxima intendente sea la radical Vilma Baragiola, garantía de nada. 

 

la fortuna de hugo moyano

La Mar del Plata de las elites tuvo, luego de su fundación oficial en 1874, un Jockey Club, servicios de télex y acceso por ferrocarril, primero hasta Maipú, y enseguida, al balneario. A mediados de siglo, un Banco Hipotecario, una de las primeras rutas asfaltadas; estafetas bancarias, hotelería y comercios de alto nivel, ramblas, bañadores y salones de té: era un espacio que se quería conservador pero para la construcción y los aserraderos se necesitaban trabajadores, muchos de los cuales, la mayoría, llegó de la mano de Pedro Luro, un vasco oriundo de San Sebastián por cuyas venas corría sangre ácrata. 

En Mar del Plata había un población anarquista muy fuerte hasta la última dictadura cívico-militar. La sede operacional siempre fue la Biblioteca Juventud Moderna, en la actualidad patria chica de una sociedad de ateos. El anarquismo –que jamás votó– no impidió que se difundiera el marxismo en su versión leninista y mucho menos el socialismo de Juan B. Justo encarnado en la figura de Teodoro Bronzini, elegido concejal en 1917, fundador del diario El Trabajo, masón de grado, protagonista cuando el ejército tomó Mar del Plata durante la semana trágica, en pleno verano. La huelga se cumplió, contra la opinión de la mayoría de los veraneantes, privados de bienes y servicios. Perón, entonces agente militar, participó de la represión ordenada por Yrigoyen y Vasena. Bronzini, en cambio, fue elegido intendente por primera vez en noviembre de 1919. 

“El poder político municipal presentaba rasgos de mayor autonomía y es allí cuando se abordan los primeros proyectos que proponen abrir el veraneo a otros sectores sociales”, escribe Elisa Pastoriza en La conquista de las vacaciones. Ese es el discurso que el peronismo hará suyo más tarde, cuando  el manejo del aparato del Estado permita extender beneficios a los trabajadores, sometiendo al sindicalismo y convirtiendo al turismo en turismo de masas. Bronzini, en su versión del socialismo democrático, jamás tuvo buena relación con Alfredo Palacios, y mucho menos con Américo Ghioldi, el profesorete, quien llegó a ser embajador de Jorge Videla en Europa. Fue intendente las veces que se lo propuso, y lo heredó en 1963 Jorge Lombardo, quizá la mejor gestión municipal de la historia marplatense, interrumpida por los militares de Onganía. Y por las serpientes que habían hecho nido en la ciudad después del boom inmobiliario que explotó durante el Gobierno de Arturo Frondizi. 

En 1971, cae asesinada la estudiante de arquitectura Silvia Filler, primera víctima de la CNU de Disandro, aliado de José Ignacio Rucci y de la derecha peronista. En 1975, no está claro si los montoneros o una patota de la UOM se cargan al jefe de la CNU local, Ernesto Piantoni, íntimo del candidato a intendente del peronismo por la ciudad en 1983, Gustavo Demarchi, abogado de SUPE de Diego Ibáñez. La venganza fue terrible: cinco letrados filomontoneros asesinados en el lapso de unas horas, la noche misma del velatorio de Piantoni. En 1973 fue elegido intendente el socialista Luis Fabrizio, el candidato de Ghioldi, pero todo se terminó (y empezó) en marzo de 1976. 

Existe un personaje mítico, Alberto Peláez, comando civil y hombre de avería, de relación lateral con el Ejército, que salvó varias vidas. Entre otras la de Hugo Moyano, de trato frecuente con Piantoni y Demarchi, quien recibió un llamado a tiempo para esconderse de los militares.

Mar del Plata vivió unos años más de relieve, los socialistas desaparecieron –por inercia– porque nadie estuvo a la altura de Bronzini, Rufino Inda o Lombardo, o por confianza en los radicales, que hicieron (y hacen) lo que pueden, como siempre; los peronistas se abroquelaron en el puerto y en el vecinalismo. El sistema de comunicaciones hizo el resto. Se miró para otro lado mientras se depredaba la fauna marítima; se aplastó bajo el cemento Punta Mogotes; las fábricas textiles cerraron. Mar del Plata practicaba, con Menem, un peronismo sin Perón, al compás de su interna. El capitalismo financiero es la economía criminal que junto al dispositivo tecnocientífico, destruye lazos familiares, sociales y cooperativos, máquinas obsoletas que se cambian en el mercado de las identidades, las ideas y las figuras públicas, empleados de empresarios o de mafias al mejor postor. Esta ciudad no es la excepción a esa regla.

 

la ciudad del cine y los alfajores

El Festival de Cine Internacional de Mar del Plata alcanzó su mayoría de edad entre 1958 y 1970 (excepto dos o tres cortes, uno de los cuales se hizo en Buenos Aires). Entonces formaba parte del calendario cinéfilo mundial. Y llegaron María Callas y Pier Paolo Pasolini a estrenar Medea; Lee Strasberg, Francois Truffaut, Vittorio Gasman y Alberto Sordi, Jacques Tati y Andrzej Wajda. La versión reactivada en 1996, después de 2003 tuvo algunos picos: Claude Lanzmann, Kim Ki-Duk, Jonas Mekas, Jean-Marie Straub, María de Medeiros o Michael Mann, pero raramente vinieron en persona, y se presentaron películas en su mayoría estrenadas en otros festivales. Como sea, mejor que esté. Mejor que siga viniendo María Creuza, aunque ni La Fusa, ni Bossa Nova existan más. Si es cierto que Bobby Fischer tuvo su debut sexual en 1960 la primera vez que estuvo en el balneario (la otra fue en 1971, después de destrozar a Tigran Petrosian en Buenos Aires), tres rarezas: Fischer está muerto, Ante Pavelic está muerto, pero Matías Duville, uno de los plásticos locales de relieve internacional, continúa produciendo, entre París, Nueva York y Buenos Aires, con alguna escapada a La Feliz, donde durante un año Osvaldo Lamborghini jugó al psicoanalista.

Aun así, detrás de las pantallas, Mar del Plata es la ciudad con mayor desocupación de la Argentina. La última medición oficial (del Indec, 2010) arroja una cifra de 11 por ciento. El sueldo promedio es de entre 5 y 6 mil pesos. La mayor parte de los asalariados trabaja en negro. Considerando la fiabilidad de esos índices, la vocinglería replica que ese 11 por ciento se duplica o un poco más. Sociólogos que trabajan en el partido de General Pueyrredón, que incluye a la localidad de Batán, calculan entre 18 y 20 por ciento de desocupación, más alta en la franja etaria que va de los 16 a los 24 años, en la periferia del balneario. El censo de 2010 arrojó una cifra de 650 mil habitantes, tercera ciudad de la provincia de Buenos Aires, que llega a 2 millones cuando la temporada de verano está en su esplendor. Segunda quincena de enero, algún fin de semana extendido. 

El marplatense promedio es algo conservador, cultor de la propiedad privada y los afeites de sus mujeres (muchas de las cuales se imaginan en California, y muchas de las cuales son de las más lindas del país). La economía informal (a veces criminal) es de bajo rango, motorizada por el descenso de la ciudad como productora de riqueza, y un sistema publicitario que empuja a muchas familias de la banda ancha agropecuaria de los alrededores, saturadas de maquinarias y soja, a la ciudad feliz que no es más feliz si exceptuamos veinte días de enero.

En veinte años, Mar del Plata pasó de tener una temporada de tres meses a otra de un mes y medio, que la empobreció, la hizo más dependiente del Gobierno de la provincia y de la concentración económica que representa, por ejemplo, el empresario Aldrey Iglesias, dueño de los diarios La Capital de Mar del Plata y La Prensa de Buenos Aires; de los hoteles Hermitage y Provincial; de la firma Havanna; de las radios LU6 y LU9; de la tienda Los Gallegos; del shopping ubicado en pleno centro de la ciudad; de la nueva terminal de ómnibus (y de los terrenos y la estructura de la vieja, donde ya se planea la construcción de otro shopping); de la compañía de transportes Tony Tur. Según las lenguas viperinas –acaso por su amistad con Scioli–, y por la presión financiera que siente en la nuca (y en los votos) el actual titular del Ejecutivo Gustavo Pulti, un vecinalista de Acción Marplatense aliado al peronismo, Aldrey también sería uno de los mecenas del Museo de Arte Contemporáneo (MAR), un armatoste símil frigorífico, sin director, sin proyecto estético, sin fondo de obra pero con una confitería –La Fonte D´Oro– que dadas las características del edificio (a medio terminar) es única: es el único museo del planeta ubicado frente al mar, con un ventanal en la planta baja, donde está el café y desde donde es imposible ver el mar. 

El gallego, además, sería uno de los promotores del cierre de los prostíbulos, excepto uno, el más caro, a la vuelta del hotel Sheraton: excelente negocio para la policía que sigue controlando el tráfico de putas baratas en el resto del tejido urbano. Habrá que considerar que excepto viernes y sábado, a las diez de la noche Mar del Plata se transforma en un páramo. La inseguridad es un insumo clave en la cultura del control. Habrá que recordar el espectáculo culposo, lamentable, como pescados in fraganti, que dieron Scioli y Pulti este último verano cuando la inauguración del Espacio Clarín, bajo la mirada atenta de Aldrey. Este hombre, conocido como el patrón de la ciudad, tiene una relación aceitada con la bofia, fue amigo del ministro de Francisco Franco, Manuel Fraga Iribarne y lo es aún de Carlos Menem. 

Enfrentar a Aldrey es como enfrentar, armado con expedientes bioéticos, al poder de la ciencia. Si a mediados de los ochenta, Mar del Plata todavía era un centro de vanguardia experimental –diseño, plástica, teatro, drogas recreativas– ahora es un puntal de la pasta base, que llega con el turismo y deja un tendal de arruinados. Si la industria editorial tiene una feria del libro, la poesía, más artesanal, resiste durante un fin de semana en una ciudad donde Jacques Lacan puede confundirse con una nueva marca de quesos, de esos que están a la venta en los negocios más calificados de la calle Guemes, arteria central del sistema Aldrey.

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