la defensa del frigorífico lisandro de la torre | Revista Crisis
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la defensa del frigorífico lisandro de la torre
En el marco de sus acuerdos con el FMI, el presidente Frondizi avanza con las privatizaciones. Entre ellas, la del Frigorífico Nacional Lisandro de la Torre, un establecimiento modelo que se traspasa a la deficitaria Corporación Argentina de Productores de Carnes (CAP). Los 8.000 trabajadores del frigorífico encabezan la defensa. Ocupan el establecimiento, resisten a los tanques y generan, con las Jornadas de Enero, la más importante lucha de masas por el patrimonio nacional registrada en el país. En 1988, cuando la onda privatizante seducía a la Argentina ya en franca hiperinflación, la memoria histórica se dejaba oír.
03 de Marzo de 2022

 

El jueves 15 de enero las calles del barrio de Mataderos, en la Capital Federal, presentaban un aspecto extraño. Los talleres cerraban, la gente discutía. En realidad, nadie había dormido la noche anterior. En una larga asamblea, los 8.000 trabajadores el Frigorífico Lisandro de la Torre resolvieron ocuparlo. Era lo único que se podía hacer, luego de que, entre los gallos y las madrugadas del miércoles, los legisladores aprobaran la privatización del establecimiento. Los obreros se sentían trampeados. El mismo martes (13 tenía que ser) que Frondizi envió el proyecto de ley, se habían plantado en el Congreso. "Era tal la efervescencia -contaría después Sebastián Borro, secretario general de los trabajadores del frigorífico- que el presidente del bloque oficialista, Gómez Machado, nos prometió delante de la prensa suspender el tratamiento del tema hasta que nos entrevistáramos con el Presidente, al día siguiente. Y le creímos". Cada cual se fue a descansar hasta que los despertó la noticia de que la venta del frigorífico ya era ley, que hasta los inválidos habían sido llevados a votar.

Impotentes, desconcertados, fueron de todos modos a Olivos. "No hay ninguna audiencia," les dijeron, y los mandaron de despacho en despacho hasta que regresaron al frigorífico a relatar lo sucedido. Estaban todos reunidos junto al mástil. La reacción fue una sola y salió de adentro. "Aquí nos quedamos y a esto, como siempre, lo hacemos funcionar nosotros". Y se quedaron. Afuera, el apoyo se armó rápido. La gente llegaba por centenares, vecinos, comerciantes, familiares. Por la tarde, de nuevo había que esperar: parecía que, al fin, los recibiría Frondizi. Y aún quedaban esperanzas. Le pedirían que vetase la ley. Sebastián Borro y otros compañeros se fueron a Olivos. Quizá lo lograran. No se trataba de un aumento de salarios. Era el patrimonio nacional lo que se jugaba. Palabras mayores, claro.

El jueves 15 se concretaba la audiencia en la quinta presidencial. Así la reflejaron los diarios: "Frondizi fue categórico. La ley es la ley y se cumplirá estrictamente". De nada sirvió que Rivas, de la Asociación, detallara los años en que el establecimiento había dado superávit, que denunciara el déficit arrastrado por la CAP. No hubo respuesta. "Le dije que hacía siete meses tenía guardado en un cajón nuestro memorial con soluciones para el frigorífico, pero que ni lo había mirado porque lo que quería era entregarlo a una empresa privada. Pero que no se lo permitiríamos, recuerda Borro. Que viajaría a Estados Unidos con el país parado. "Usted habrá leído mucho. Tendrá intelectualidad, pero para traicionar al pueblo y no para defender los intereses del país. Nosotros, que somos simples trabajadores, con una mediana cultura, tenemos eso que a usted le falta, conciencia en la defensa de la Patria...".

En el frigorífico los ánimos se caldeaban. A la asamblea no faltó nadie. Hablaron más de 40 oradores. Duró hasta la madrugada: se acordó no sólo mantener la ocupación sino declarar el paro por tiempo indeterminado, hasta que se vetara la ley. Y también izar la bandera a media asta y pedir apoyo a los nucleamientos gremiales. Había que parar el país.

 

Por fin, los diarios del viernes 16 se hacían eco de la envergadura del conflicto. Aunque fuera en la página 9, Clarín titulaba "Paro gremial por tiempo indeterminado". Y había una foto. En Mataderos, la expectativa y el nerviosismo aumentaban. Todo estaba paralizado. Hasta los cines. Pasar El asesino anda suelto o Al compás del calipso ya no tenía sentido. Ni Pascualito Pérez. que peleaba a las 21 hora argentina en Japón, lograba acaparar entusiasmos. Para colmo, una tragedia: un avión con 59 pasajeros había caído en Mar del Plata y no encontraban sobrevivientes. Algo pintaba mal ese viernes. "Las Fuerzas Armadas no han de intervenir, dijo un alto funcionario de Defensa", se leía en un casi perdido recuadro del diario. Confirmando los presagios, el jefe de Policía, capitán de navío Niceto Vega, llamó a los gremialistas al Departamento. Fueron Borro, Saavedra y otros. Vega estaba molesto. Se había "alterado el orden " y él, como es sabido, velaba por la tranquilidad pública. Les dijo lo que debían hacer: confiar en la palabra del Presidente, no prestarse a juegos políticos extraños al frigorífico ("elementos comunistas habían usado el micrófono"), no ofender con palabras, olvidar agravios y rencores, no hacerse eco de rumores, evitar desmanes, y otros "consejos" de igual tenor.

A Borro no era fácil sacarlo de sus casillas, pero que quienes repetían continuamente que Perón era antidemocrático cuestionaran una asamblea sindical porque participaban socialistas y comunistas, era la gota que faltaba. "El 90% de los compañeros del frigorífico son peronistas –dijo– pero allí va a hablar cualquiera que tenga un carnet de afiliado, sea comunista, socialista, radical, peronista o lo que sea. Y yo los defenderé. Si usted no practica la democracia, la voy a practicar yo''. Entonces, recuerda, terminó la reunión. Luego se fueron a la sede de las "62", que estaban en sesión plenaria. A las diez de la noche supieron que el paro sería declarado ilegal. Cuando discutían qué hacer fueron citados a la subsecretaría de Defensa. "El señor Larroudé estaba rodeado por representantes de las tres armas. Dijo que movilizarían militarmente a los obreros, les hablé como 20 minutos, dije que las Fuerzas Armadas eran parte del pueblo y tantas otras cosas. Ninguno dijo una palabra. Luego hablaron Olmos, Di Pascuale, Saavedra, todos con igual decisión. Lo que sucedía es que estaban tratando de demorar la reunión porque a esa hora, mientras hablábamos, ya iban los tanques hacia el Frigorífico...”.

El "Negro" Saavedra no era de los que se asombraba fácilmente. Secretario de Prensa de la Asociación del Personal, a los veintipico ya tenía en su haber militancia, cárcel y exilio. Antiguo trabajador del frigorífico, activista nato de la Resistencia, integrante del Comando Nacional Peronista que encabezaban César Marcos y Raúl Lagomarsino, se había salvado por milagro de que lo fusilaran el 9 de junio de 1956. Ahora, metido hasta los tuétanos en la huelga, le costaba creer lo que sus compañeros le estaban diciendo por teléfono. Los tanques sobre el frigorífico. Blindados contra obreros. ¿Hasta dónde van a llegar? Vociferó la noticia en la reunión plenaria y Vandor, entonces combativo, no vaciló. "Vamos al paro general", reclamó. "Y sí, fueron, señala Saavedra. Pero muchos de los dirigentes se hacen meter presos y la huelga nace casi descabezada, y sale por la gente. Yo, lo que quería era que todo estallara en mil pedazos. Denle manija a las calderas, pensaba, y que vuele el frigorífico. Que quede como un símbolo. Eso. Lo que sucedió no tuvo igual. El barrio respondió con todo, pasó por encima de los dirigentes. Hicieron barricadas, levantaron los adoquines, cerraron el paso. Los milicos sólo podían entrar de noche y a caballo. Entonces, desde las casas les tiraban con hondas. Pero nosotros estábamos afuera. El cerco de la Gendarmería nos impedía entrar. "Los dirigentes se fugaron", decía el gobierno. Pero la gente sabía. Nos reuníamos con todos, los gremios, los políticos. Hasta el Gordo Cooke estuvo".

 

"Patria sí, colonia no", decía el gran cartel colocado sobre la entrada del frigorífico. Eran las 4.45 del sábado 17. Encaramados en el portón, los obreros escucharon por los altavoces la intimación a desalojar. Les daban cinco minutos. Pidieron más tiempo. Los tanques avanzaron. La mole de un Sherman se les vino encima, ensordecedora, y las puertas cayeron. Veintidós vehículos repletos de fuerzas, dos camiones tanque, un tanque lanza agua, cuatro Sherman, un oruga, cien hombres de investigaciones armados hasta los dientes, el jefe de Policía, el subjefe, el de Coordinación Federal, el de Bomberos... Todo ese dispositivo blindado avanzaba tras la cortina de gases y debieron meterse adentro, escapar hasta tener que salir brazos en alto o, si se podía, atrincherarse cada vez más arriba, resistiendo como fuese, con mangueras de agua caliente, tirando muebles por la escalera y aguantando, aguantando en el cuarto piso hasta que es pleno día y como a las siete logra llegar la Guardia de Infantería. Muchos huyen, cerca de cien son detenidos. "A los más agresivos los procesan ", dice por teléfono Frondizi al jefe del operativo. Aparentemente todo ha terminado. Parte de los efectivos se retira luego de completar el desalojo. Pero ahora le toca el turno al barrio. “En cuarenta cuadras a la redonda -evoca Borro- mujeres, pibes y ancianos levantaban barricadas. Se detenía a los coches, a los tranvías”. 

Los diarios silenciaron la movilización popular. En el mejor de los casos la minimizaron. No así los volantes de la Resistencia. Durante cinco días consecutivos un enorme sector de la ciudad, comprendido entre avenida Olivera y la General Paz, y que abarcaba Mataderos, Villa Lugano, Bajo Flores, Villa Luro y parte de Floresta, ha estado ocupado por el Pueblo ofreciendo una tenaz, entusiasta y exitosa resistencia a los organismos de represión...”.

El gobierno reprime. Recuerda que rige el Estado de Sitio y amenaza con ejecutar el Plan Conintes. Entre plática y plática con banqueros, Frondizi sentencia desde Washington que "el derecho de huelga solo será respetado si se responde a fines gremiales". No es el caso, este conflicto es político". Ergo, hay que aplastarlo. John William Cooke, entonces delegado de Perón, pulveriza esos "argumentos".  "Basándose en la tesis reaccionaria de que las agrupaciones gremiales sólo deben discutir temas específicos, califican como política a la huelga general que se está cumpliendo con gran éxito. Así, se reservan el derecho a decidir cuál huelga es lícita y cuál debe ser reprimida. Esta huelga es política en el sentido que obedece a móviles más amplios y trascendentes que un aumento de salarios (...). Aquí se lucha por el futuro de la clase trabajadora y por el futuro de la Nación".

En la madrugada del martes 20 se moviliza militarmente a los trabajadores del transporte. Por la tarde igual suerte corren los petroleros. Berisso y Ensenada son declaradas zonas militares y fuerzas de la Marina ocupan la Destilería de La Plata. Tan sólo una semana antes, durante el acto en Congreso, el único detenido había sido un ternero. Lo llevaban los obreros con un cartel que decía "No me entreguen, quiero ser nacional". Según los diarios, "personal civil apostado en el lugar lo condujo al Departamento de Policía". Del ternero a los tanques, de los tanques a la movilización militar, el salto represivo fue enorme. El pueblo iría más despacio. Perdiendo ingenuidad, acaso frescura. Seguramente acumulando bronca. Hasta el Cordobazo, diez años después.

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