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la bolsa (del súper) o la vida
Rosario 2016: una batalla que pasó inadvertida, una estridente reacción patronal, la primera victoria del trabajo sobre el consumo en el siglo XXI, y una chispa que, de extenderse a la Capital, podría chamuscar la inercia imbatible del mercantilismo argentino. Crónica sobre la ocurrencia de los empleados de comercio de los grandes supermercados que un buen día dijeron: el domingo, preferiríamos no hacerlo.
18 de Noviembre de 2016
crisis #27

U n gélido jueves de 2016, Rosario amaneció con los cinco locales de la firma Carrefour tomados por sus empleados, y con asambleas permanentes en los comedores. Era la respuesta de los laburantes al despido de una veintena de trabajadores de la empresa. Por la noche los dos canales de aire de la ciudad, el 3 y el 5, transmitían en directo desde las sucursales. La huelga duró dos días. “No conozco otro ejemplo de que hayan parado a la vez cinco establecimientos de una misma firma por solidaridad con los despedidos, salvo en empresas que están en crisis. Pero en un negocio que está en auge, imposible”, analiza Sebastián Ferro, delegado de Carrefour y Secretario de Biblioteca y Cultura de la Asociación de Empleados de Comercio (AEC) de la ciudad. Sebastián aún no llegó a los cuarenta pero ya es un veterano en el gremialismo, y entre carpetas sindicales guarda un libro de cuentos que acaba de publicar.

Mientras el capital francés desplegaba su estrategia antihuelguista, la burguesía nacional no se quedaba atrás. Coto ejecutaba una nueva tanda de despidos y, horas después, realizaba su propia toma: más de cincuenta barrabravas, camuflados de trabajadores, ocupaban la delegación Rosario del Ministerio de Trabajo e impedían la realización de una de las tantas audiencias solicitada por las autoridades ministeriales.

El activismo de los patrones era una respuesta a la inminente puesta en vigencia de la ley de Descanso dominical, la 13.441, de puño y letra sindical, sancionada, promulgada y reglamentada por la legislatura y el ejecutivo santafesino entre finales de 2014 y principios de 2015, cuyo artículo primero anuncia: “Los establecimientos comerciales y/o de servicios de la provincia de Santa Fe deberán permanecer cerrados los días domingos y los declarados como feriados nacionales que se detallan taxativamente: 25 de mayo, 20 de junio, 9 de julio, 26 de septiembre, el día del Empleado de comercio se concretará anualmente el miércoles de la última semana del mes de septiembre”. Luego de la tardía adhesión del Concejo Municipal de Rosario, en marzo de 2016, la norma comenzó a regir en la ciudad el 3 de julio, afectando a los súper, híper y megamercados con superficies por encima de los 1200 metros cuadrados.  

Los despidos y extorsiones a los laburantes no fueron las únicas estrategias de apriete y contraataque patronal. El repertorio de la entente empresaria —compuesta por Coto, Carrefour, Jumbo y Libertad— fue cuantioso. Con soldados en todos los frentes, incurrió en una dura ofensiva jurídica (que incluyó una acción contra la provincia de Santa Fe ante la Corte Suprema de Justicia de la Nación), una nutrida artillería comunicacional y el agite face to face (fierro en mano y patota importada). No se ausentaron en este ambicioso inventario las piezas exóticas, como la toma de edificios públicos por parte de los empresarios, sus movilizaciones a la legislatura de la Provincia, o al Concejo Municipal y la insólita protesta frente a la sede de los mercantiles, solicitando que “los dejaran trabajar”. Faltó el acampe con veleros y motorhomes y la olla de teflón con guiso de lomo para que el sainete fuera completo.

Como en una sobremesa dominguera, en apariencia lúdica mas en verdad furiosa, el sindicato cantó “quiero vale cuatro” y, amparándose en el artículo 203, inciso 2°, Capítulo II del Código Penal titulado “Sedición”, denunció penalmente a Coto, Jumbo y a la Asociación de Empresarios Unidos por incumplimiento de la ley. Según este estratégico juego de espejos, el sindicato intimó a los empresarios aduciendo la defensa del orden público y acusándolos de “interferir en la circulación peatonal y vehicular”.

“Estamos en 2016. Si alguien quiere ir a comprar tomates a las tres de la mañana y encuentra gente dispuesta a vender tomates a las tres de la mañana, ambos ganan”, escribieron durante los días tensos desde una laptop de la Fundación Libertad. Porque si un extraterrestre desembarcara en el Parque Independencia para sumergirse en supermercados con góndolas brillantes y trasfondos olorosos, no se enteraría jamás de los aprietes, las persecuciones, la apropiación privada de la riqueza social, la estructuración del mundo en torno a la ganancia. No vería la “guitafilia” que mueve a los mediocres y que los mediocres mismos pugnan por ocultar llamándola, perezosamente, libertad. En esta Rosario donde hace nido un lobby neoliberal que corre por derecha a Macri, la lucha motorizada por los empleados de comercio se volvió una disputa cultural, una puja por los modos en que queremos vivir y las gramáticas profundas que configuran una ciudad. Como un combate contra ese mundo imaginario donde no existen obstáculos para la compraventa, contra las cadenas y los cadenazos del consumo, contra la idea del trabajo como costo, hay que pensar la batalla por el descanso dominical.

feliz domingo

La contienda obrera por los domingos tiene linaje. En 1905, con Alfredo Palacios a la cabeza, se sancionó la ley 4601. En 1991 fue anulada por el Decreto N°2284/91 de desregulación económica, impulsado por el entonces Ministro de Economía, Domingo Cavallo. “Yo entré a trabajar en un Carrefour en el 99, y ya estaba entre los compañeros, aunque minoritariamente, la problemática de laburar los fines de semana y los feriados. Cuando empezó a haber cuerpo de delegados se convirtió en una reivindicación de base del sector”, recuerda Sebastián. Y agrega: “con la nueva conducción del gremio el reclamo se hizo más persistente y se llamó a otras fuerzas vivas de la ciudad, se potenció el reclamo histórico y el descanso dominical se convirtió en bandera”. 

La normativa recientemente sancionada fue acogida por casi todas las ciudades santafesinas grandes y medianas, menos la conservadora capital provincial, y recibió respaldos variopintos: desde el Movimiento Sindical Rosario (una suerte de CGT local que el 7 de junio, a contracorriente de las dirigencias nacionales, marchó contra el veto macrista de la ley antidespidos) a la Asociación Empresaria, y las grandes cadenas locales de supermercados (como La Gallega y Dar, de Guillermo Rosental). Se sumaron la Cámara de Supermercadistas de Rosario, la Confederación Argentina de la Mediana Empresa y el Centro de Unión Almaceneros, estos últimos beneficiados por la reorientación de las compras hacia los pequeños comercios. Entre las palmadas más fuertes hubo una amarilla y blanca: la Iglesia se encolumnó detrás de los mercantiles; y hasta el Papa Francisco, cuyas Scholas Occurrentes se benefician de las donaciones propiciadas desde las cajas de Carrefour, mandó señales desde Roma. También fue recibida con aplausos entre los actores de la democracia representativa: a excepción del PRO, integrantes de todos los bloques partidarios, algunos con desgano pero sin sacar los trapitos al sol, apretaron el botón verde. De todos modos, entre el proyecto inicial y la ley sancionada hubo negociaciones, objeciones y modificaciones no menores, como las referidas a la superficie de las unidades afectadas y la concesión severa, aunque previsible, de excluir de la normativa a los shoppings, inviolables mecas del consumo.

no todos los monos bailan por plata

Parte del empresariado y el lobby neoliberal rosarino procuró argumentar su oposición insistiendo en un supuesto desenganche entre el reclamo del sindicato y lo que pedían muchos trabajadores. Apelando a la necesidad y al deseo de guita, hablaron de las horas extras, los bonos, el día perdido. En una sociedad de endeudados, es decir, de pronósticos de futuro donde habrá que seguir pagando, el cebo de la autoexplotación es más fuerte y la inclinación a individualizar las recompensas funciona como disolvente para la organización sindical. Sebastián cuenta que muchos compañeros “están tratando de decirle a los pibes más jóvenes: ‘mirá esto se consiguió con años de lucha y vos por pagar una cuota de un auto en el que estás viniendo a laburar, te cortás solo’”. Cuando el discurso supermercadista invoca la amenaza de pérdidas futuras en los bolsillos obreros no habla en el aire, toca un nervio sensible: “Cuando le comentabas a un compañero que íbamos a sacar los domingos, en principio veía que no iba a ganar la plata del domingo. Pero el trabajador tiene que ganar lo necesario con sus derechos, no cediendo derechos como el descanso dominical”, dice Matías Marchilli, actual delegado en Carrefour, que no cruzó aún la línea de los treinta años.

La práctica sindical suele enfocarse principalmente en el “más/menos” del ingreso económico y en las condiciones laborales, pero en este caso el problema está situado directamente en los modos de vida. Matías la resume con una frase al pasar: “no podemos cambiar derechos por plata”. Sebastián ilustra: “hay cajeras que me han dicho ‘el último domingo que me levanté de la mesa, entré llorando a trabajar’; por eso, puede haber algún compañero que se queja porque pierde plata, pero si tengo que optar prefiero que la compañera no se levante llorando de la mesa y descanse”. Esa estrategia gremial, que podríamos llamar del afecto, sintetizada en el eslogan “sí al descanso dominical, sí a la familia”, prioriza politizar la tristeza antes que machacar exclusivamente sobre el salario. El desplazamiento habilitó una vía de escape a los discursos productivistas sobre los cuales el neoliberalismo ha buscado asentar la discusión sindical. Y el efecto late en la base: “Algunos compañeros que estaban centrados en la plata, ahora te dicen que no cambian el descanso por nada. Un montón reconocen que se confundieron, y eso que hasta ahora fueron diez domingos casi todos nublados”, dice Sebastián, pronosticando un fortalecimiento de la conquista a medida que se vaya cumplimentando.

anatomía de un cuerpo sindical 

La lucha por el descanso es el emergente de una experiencia de renovación sindical en marcha. A Luis Battistelli, hace poquito reelecto Secretario General, le esperan cuatro años más de mandato junto a una Comisión Directiva que mixtura viejos cuadros mercantiles con una nueva generación de activistas formados entre las góndolas de los grandes supermercados. Otro dato: en un mundo patriarcal como el sindicalismo argento, tres mujeres integran la comisión directiva, mientras Silvina Crocci ocupa la Prosecretaría General del gremio, situación que mitiga, en parte, la desproporción entre su abultada presencia en el rubro y la posibilidad de ocupar los sillones de las salas de reuniones.

Un recorrido a lo flaneur por el condominio de los trabajadores de comercio rosarinos, situado en el centro de la ciudad, nos sumerge en una especie de hormiguero mutualista: jubilados bailando tango, una biblioteca concurrida, consultorios médicos funcionando a full, centenares de personas almorzando por treinta pesos en el comedor, una agencia de turismo, peluquería, ajuar para los recién nacidos, servicios para las noches de boda y las lunas de miel. Junto a estas prestaciones, las actividades culturales y de capacitación se convirtieron en un caballo de batalla de la nueva gestión, entre las que se destacan la poblada cartelera de la sala de teatro y la Diplomatura en Formación Sindical que se estrenó este año, a partir de un convenio con la Universidad Nacional de San Martín y la Facultad Libre de Rosario.

Por último, una completísima proveeduría que se abastece de productos regionales y fisura los precios de las cadenas monopólicas. Porque la AEC también promovió, junto al reclamo por el feriado dominical, una fuerte campaña denunciando los sobreprecios de los supermercados en perspectiva comparada con otras latitudes. Dicen los agremiados que mientras en Europa y Estados Unidos la remarcación oscila entre el siete y el nueve por ciento, el extractivismo de estas pampas supera en algunos productos el 800 por ciento. Folletos coloridos con detallados informes inundaron las calles de la ciudad alertando del “saqueo” de los (y no a) los supermercados, poniendo en discusión la rentabilidad empresaria y, en cierta medida, la distribución de la riqueza. El sindicato de los mercantiles entabló así un complejo double-bind con los consumidores: les dijo que los domingos no se compra porque es a costa de los derechos de los laburantes (que no se truecan por guita, ni se rifan por ansias de consumo) pero que los bolsillos secos (o mejor, disecados por los empresarios) expropian derechos (de los consumidores y de los laburantes, ya que licuan los salarios y dinamitan la validez de cualquier paritaria). La potencia de este tipo de apuestas, que trascienden el espacio y tiempo específico de lo laboral como sitio de reivindicaciones, dispara la pregunta sobre si es posible una construcción de poder con proa sindical que desborde la figura del trabajador. ¿Puede el sindicato trascender al sindicalismo y la adscripción laboral como referencia obligada?

solo los consumidores salvarán a los consumidores

A diferencia de una fábrica, donde los derechos laborales no interpelan inmediatamente a los consumidores de los objetos que allí se producen, en un escenario de servicios comerciales cualquier modificación afecta directamente a los usuarios. Por eso la lucha por el descanso dominical requirió durante todos estos años una interpelación pública a los consumidores, a base de volantes, entrevistas radiales y televisivas, viralización en redes sociales, festivales. Por un lado, dice Sebastián, “el derecho al feriado permite cuestionar hasta qué punto la guita puede corroer todas las relaciones humanas en todos los ámbitos, no solo en relación con los derechos”. Porque, tal como afirma Matías, cuando encara un shopping o un súper un domingo “la gente no va a descansar, va a consumir”, sugiriendo que, a su modo, el consumo es un laburo, un esfuerzo físico y mental (hecho de desplazamientos, operaciones, cálculo, espera, colas, preocupaciones). Visto así, el descanso dominical, una vieja demanda del movimiento obrero, adquiere en las sociedades contemporáneas un nuevo cariz en la medida en que ya que no solo apela, o provoca, la reparación física y mental del trabajador, sino que se instala en el territorio del consumidor para desligar las prácticas del consumo de aquellas que hacen al descanso. 

Parte de la eficacia del macrismo es tenernos agarrados en el debate sobre el consumo. Una lucha decisiva y fundamental, pero que nos dificulta indagar vías menos subordinadas a las condiciones puestas por el poder. Sin ningún tipo de idealismo ascético, más bien como interrogante estratégico, el consumo puede ser la condición para potenciar capacidades creativas, o la pared (a veces dura, a veces de goma espuma) sobre la que van a chocarse todas nuestras prácticas.

En un ejercicio de acupuntura política que apretó fuerte sobre las dos caras de una misma moneda, la guita y el consumo, el descanso dominical instaló una victoria del trabajo en un escenario político complicado, en la segunda provincia y en la tercera ciudad del país. Contra los amantes de las historias con finales definidos, el terreno aún parece estar minado de ambos lados: Coto sorprende con nuevas campañas, aprietes y despidos, mientras que los supermercadistas porteños temen que, como en siglos atrás, los malones infectados por el ocio lleguen a Buenos Aires.

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