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juan l ortiz: los 80 años de un poeta
En el invierno de 1976 Vicente Zito Lema visita a Juan L. Ortíz, quien recién había cumplido ochenta años. El más importante poeta del siglo XX en Argentina, según Juan José Saer, aguardaba el final de la vida en su casa de Paraná, frente al río. La entrevista que hoy recuperamos refleja el verdadero rostro del artista: la naturaleza, las criaturas sufrientes, la concordancia con las cosas, el verdadero descanso. La poesía se torna peligrosa cuando logra ser la conciencia de la felicidad perdida.
17 de Agosto de 2020

 

Hace pocos días Juan L. Ortiz cumplió 80 años. Este recodo de su vida lo sorprendió frente a las aguas de su río Paraná, allá donde transcurren ya desde siempre las mejores horas de su poesía y de su existencia de hombre solitario, no así de hombre solo. De alguna manera, si su humilde casa costera fue un punto de convergencia para sucesivas promociones poéticas, es que él, desde esa lejanía, supo entrelazar sus versos en la vida de los hombres, aun con las vidas más anónimas.

Una lectura detenida de su vasta obra permite descubrir que las criaturas que animan sus poemas –aun el aire, aun la misma luz– remiten a la realidad concreta de esta tierra. de este tiempo. Parecen no haberlo descubierto las diversas instancias de la consagración literaria del país –absurdamente, ningún Premio Nacional le ha sidn concedido aún–, quienes se empeñan en ignorar a una de las voces más maduras y originales de la poesía argentina, desde que en 1933 se iniciara con "El agua y la noche", su primer poemario. Igual desconocimiento es compartido por cierta crítica, aun por determinados hombres de letras, que tienden a reducirlo a la mítica figura de un hombre delgado, enamorado del río y de una caligrafía minúscula, inconfundible. En esta oportunidad, crisis, con el presente material, quiere reflejar el verdadero rostro del poeta, sus precarias condiciones de subsistencia y la infinita muchedumbre que palpita detrás de su soledad.

 

“la poesía: un conocimiento único…”

Han pasado casi seis años de la última vez que nos vimos...

—Es usted quien tiene olvidado a su viejo amigo. Sabe que yo ya no viajo a Buenos Aires. Pero siéntese aquí, de frente al paisaje. Lo noto cansado, le va a hacer bien mirar al río.

Usted no ha cambiado nada. Pareciera que el tiempo es muy dulce y muy lento por aquí... Imagino que seguirá escribiendo.

—Sí, ese es un delito en el que persisto... Estoy preparando el cuarto tomo de mis obras, aunque con muchas dificultades, se me han perdido varias cosas que tenía borroneadas; sin embargo, más o menos, no sé si este año, acaso más seguro el año que viene. tal vez pueda llegar a dar con un cierto mundo. de modo que constituiría lo que podría ser el cuarto tomo. Seguramente no ha de ser tan extenso ni tan denso. En los dos sentidos, como los otros tomos, pero, en fin, espero sacarlo. Hablaba de densidad en el sentido físico, casi, lo otro no me atañe a mí, son cosas de mis amigos, o de ilusión de amigos, quizás…

¿Cuántos años lleva celebrados con la poesía?

—¿Le parece que celebrados? Diría, muy justa y humildemente, que mi primer libro se publicó en 1932. Aunque desde 1924 (año en que me casé) hasta 1932, había estado ordenando un poquito mis papeles, si es que se puede decir ordenar. Pero ya antes, desde que aprendí a leer y escribir, las cosas empezaron a asentarse; memorizando a veces, notando en un cuaderno otras…

 

¿Por qué ha elegido vivir permanentemente en una provincia?

—Acaso porque he decidido pasar, como bien dice Machado, la prueba de la soledad en el paisaje; dura prueba para todo escritor. Machado, precisamente, fue un típico escritor de provincia, en el sentido pleno. O sea, estuvo radicado en un pequeño lugar, y muy espaciadamente viajaba a Madrid, y menos aún a París, aunque no por ello estaba ausente o desconocía lo que pasaba. Machado dice cosas muy profundas y muy justas. Lo que significa vivir en provincia y resistir la prueba de estar sin compañía. Es algo que después yo he sentido en carne propia. Revisando sus libros decla: esto es lo que me sucede a mí. Él afirma que es un desafío muy importante para ciertos escritores, o para ciertos intelectuales, para ciertos espíritus, vivir con la naturaleza, fuera de la ciudad, porque si bien es muy humano y muy necesario contrastar lo que uno hace, someter a la opinión de los colegas o cómplices, lo que uno esté creando, saber a qué atenerse sobre su valor, si bien ello es necesario para la conciencia poética, artística en general, lo otro, es decir la contrastación solamente con las cosas que no responden, quizás sea determinante o más profunda en distinto sentido. Machado dice que él en las provincias no podía preguntarle a un árbol, a una piedra, lo que valía eso que hacía, eso qua sentía que debía hacer. Y que le hubiera sido relativamente fácil irse a Madrid a preguntárselo a otros escritores, pero que prefería someterse a la prueba misma, si es que puede considerarse prueba a esa resonancia que, no sé si imaginativamente, las cosas tienen en el mismo mundo que las rodea. O sea, hay ciertos elementos que son un poquito negativos, como la vanidad publicitaria, que se satisface con una vida de grupo, de camaradería, con una vida que se llama justamente artístico-literaria. Pero lo otro es una alternativa que define, dirige una vocación de otra manera. Aunque no se puede decir que esto es mejor que aquello, depende de cada uno, de cada experiencia personal.

Valéry representaría la otra postura. Él sostiene la necesidad de los círculos literarios.

—Sí, Valéry habla de la importancia que en la formación de un escritor tienen los grupos, las escuelas y círculos literarios. También sostiene que el artista debe conocer los ambientes de tas grandes capitales, empaparse en esa existencia plena como una forma de saber a qué atenerse. Sin embargo Machado afirma que, para saber a qué atenerse, nada vale más que la experiencia única de la soledad, que se nutre en la lectura y en la meditación y que, paulatinamente, se va sedimentando, afinando, desarrollando... Se verá entonces si su autenticidad es real, si su vocación es profunda, porque el poeta que se queda en provincia no tiene más alicientes que los árboles y las piedras, y los estímulos exteriores de tipo compañeril o humano no los requiere, los tiene dentro de sí. En otras palabras, su acción poética responde a una necesidad interior que no precisa resonancias, ni ecos, ni apreciaciones de valor. Nada.

¿Acostumbra meditar sobre su poesía? ¿Qué extrae del conjunto de su obra como pensamiento central?

—No crea que he meditado mucho, al menos sobre lo que significa como realización, llamémosle así, dentro de cierta estética, de cierto gusto, de ciertas exigencias, de ciertas tendencias, de determinado entorno cultural, no, en ese sentido no he frecuentado la meditación sobre lo por mí creado. He considerado más bien a mi poesía en lo que significa como testimonio, diríamos, de momentos dados en que yo sentía esa necesidad. Tanto es así que a veces vuelvo a leer y empiezo a recordar, aunque hay ciertos momentos vividos que son difíciles de rescatar, de volver a ellos en profundidad... La visión que tengo de mi poesía es que ha sido otra manera de ser. Yo existía justamente por eso y a través de eso. ¿Por qué? Porque vivía en la poesía, entonces, cuando llegaba a una relativa, pero muy relativa, a una humildisima satisfacción, importaba otra forma de vivir, en cuanto eso que había provocado el poema, o lo que fuera, respondía a una intuición de cierta realidad, de ciertas zonas de la realidad, de ciertos matices, de cierta profundidad fuera de lo que normalmente se podía captar: entonces me traía la sensación de que yo revivía ese hasta dónde yo había podido percibir ciertos matices de una realidad que me trascendía y que Intuía muy profunda, inaccesible casi.

Poesía entonces como una forma del conocimiento.

—Exactamente. También yo estoy de acuerdo con Pavese cuando dice que la poesía es otra vía al conocimiento. Y es otra forma de vida. Porque, justamente, eso que pasó como agua a través de uno se vuelve menos desorden. Cierta conciencia del tiempo, cierta iluminación que tenemos nosotros con respecto del tiempo vivido como normal reaparece entonces, se vuelve a vivir a través de lo que uno ha sentido y que ha logrado sugerir aunque fuera para uno mismo. Yo no me hacía ilusión sobre si esos matices iban a tener un valor o cosa parecida, yo los sentía vibrar y revivía ese momento en que me habla metido con la realidad o en una zona de ella. Ah, mi querido amigo, creo que he sido muy vago o quizás, como usted sabe, estas cosas son demasiado ligeras.

Ligeras y embriagadoras. Embriaguez que trae enfrentar el misterio y que por suerte el hombre sigue amando... No trato de volver al acaso estéril enfrentamiento entre arte y ciencia, ¿pero no cree usted que son dos caminos particulares para captar la realidad?

—Sí, es preciso no enfrentar el arte y la ciencia, pero también es innegable que son dos vías. El artista tiende a la sensibilidad y el científico obra por concepto, por abstracción, cuya historia, diremos así, va determinando lo que se llama "tradición científica" que es la base para la investigación de ciertas zonas limitadas de la realidad. ¿Cuáles son esas zonas? Aquellas que son aprehensibles por cierto tipo de conocimiento. Pero las matemáticas y la química y aun la filosofía estén determinadas, en lo profundo, por la intuición que, tal como señalara Einstein, es de tipo poético. Quiere decir entonces que el científico y el artista en ese aspecto de la Intuición se juntan. Hay una sensación de cierta cosa que trasciende, de cierta realidad profunda, por un momento de casi iluminación. Por lo demás, no creo que ese conocimiento esté solamente en el científico o en el artista, hay un tipo de conocimiento casi universal que es extensivo a toda criatura viviente incluyendo a los animales. Y ese conocimiento de la realidad muchas veces supera al que posteriormente podemos alcanzar, aun por intuición y aun por abstracción empírico-matemática.

¿Cómo relaciona una visión amplia, profunda del sufrimiento del hombre como ser social y como parte de un contexto histórico determinado, con su poesía que es extremadamente lírica? ¿Cómo mantener la preeminencia del tono lírico frente a la presión del sufrimiento cotidiano del hombre? ¿Cómo mantener un cierto alejamiento ante la urgencia de la palabra que requieren las situaciones límite, sin perder la humanidad, la conciencia, la sensibilidad de poeta, no ya lo sensibilidad “literaria" que es de otro orden, menor, y frecuentada por "poetas" también menores como manera fácil del escapismo?

—En los estados de creación por la necesidad interior (yo hablo siempre en este campo con un lenguaje rilkiano), en esos estados que informan al hombre o lo constituyen al hombre (que no es el yo solamente sino un complejo de experiencias que abarca todo, todo, o sea que comprende la realidad en el conjunto de sus contradicciones, sus dramas... y que no se olvida del ser en su sufrimiento cotidiano, en una situación determinada, sino que está actuando en otra profundidad), se participa de una manera un poco oblicua, quizás, con la realidad inmediata. Más aún, en apariencias no hay una relación, al menos directa, entre esa visión poética y el sufrimiento colectivo, la tragedia. Pero la hay. Es que la tragedia no es sólo de los hombres sino, además, de todas las criaturas vivientes. Desde el momento que hay vida hay sufrimiento. Esta es una contradicción fundamental. Por supuesto que la lucha humana, que ese sufrimiento social por las injusticias, nos toca más: el hombre es nuestra especie. Sin embargo no se agota allí, hay una trascendencia de lo que hace el hombre, lo que se llama “humano”, hacia lo otro que vendría a ser no lo "inhumano", porque no se opone, sino hacia ese universo que comprende, abraza y compromete a toda criatura viviente. Y lo compromete no solamente como ser pensante, en el caso del hombre, sino también como criatura sufriente, para utilizar en sentido general esa palabra. "En la misma naturaleza un verbo está escondido / no lo hagas sufrir ... ", dice Nerval.

 

¿Cuál sería hoy la función del poeta en nuestra sociedad?

—Yo diría como Artaud o como Cesaire que la poesía está unida ahora a la revolución. En el sentido de las transformaciones. Porque el poeta obra con el lenguaje mismo para apresar esa realidad que es muy fluida y confluyente y que es también contradictoria. Y debe asimismo modificar todas las convenciones comunes de la comunicación. Se está así frente a una revolución en el lenguaje que puede incidir después en otros planos de la transformación en tanto toca otros planos de la concepción de la realidad o de su percepción en los lectores u oyentes. No olvidemos que el hombre está en la prehistoria, no ha penetrado en la verdadera historia, y el poeta está comprometido en esa tarea. Pero ya hemos hablado bastante, y usted viene de lejos... mire, mire ese vuelo de las golondrinas, escuche ese canto.

Mejoran la esperanza del que está cansado…

—Sí, estamos todos cansados, y nos olvidamos demasiado del oro del otoño. Acaso la revolución consista en lo que el hombre por siglos ha estado postergando: la necesidad del verdadero descanso, el que permite ver cómo crecen, día a dia, las florcitas salvajes... El hombre necesita mirar las flores y mirar el cielo.

Lo necesita para vivir, sin belleza el hombre se muere.

—Se muere de tristeza como un pajarito. Por eso, finalmente, un poeta es un hombre peligroso. Nos habla de las cosas que inquietan.

Hay que callarlo. O se procura, entonces, que nadie lo escuche.

—¿Sabe por qué? Porque el poeta suele ser la conciencia de la felicidad perdida.

Y realizable…

—La felicidad en armonía, en concordancia con lo que lo rodea y con lo que todo hombre puede sentir en comunión con las cosas. Todo lo que alude a eso es siempre peligroso.

¿Está de más preguntarle qué ha sido la poesía en su vida?

—Mi querido amigo... la poesía es algo que me lleva y me trae a todas las zonas de la vida, en especial a esa más oscura y más inaccesible.

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