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el último intuitivo
Un réquiem para Héctor Ricardo García, el periodista que aguijoneó la realidad argentina de los últimos cincuenta años. Hombre–tapa, hombre–récord, hombre–polémico. Dueño de todas las culpas. Creador de los medios más populares del país. Brutal intérprete de primicias. Portador de la licencia del olfato.
21 de Enero de 2017

Usted fue un genio. Relanzó Canal 11. Instauró Radio Colonia. Fundó Así. Revolucionó Teledos. Creo el diario más vendido. Lo hizo canal.

Borro.

Perdió Canal 11. Perdió Radio Colonia. Perdió Así. Perdió Así es Boca. Perdió el diario Crónica. Perdió Teledos. Perdió Crónica TV. Perdió la libertad. Perdió.

Vuelvo a borrar.

Solo pierde tanto, el que fue dueño de todas las palabras.

Usted fue un genio. Brilló en los sesenta, se consolidó en los setenta, fue Kane en los ochenta, se reinventó en los noventa y se derrumbó en los dos mil.

Fue el que mejor pegó. El padre del monstruo rojo favorito de todos los argentinos. Sus ideas llegaron a tener cinco ediciones por día. Superó el millón de ejemplares con el casamiento de Violeta Rivas y Néstor Fabián. Con la final del mundial 78. Y con Perón desde una clínica en Puerta de Hierro leyendo su diario. Sacó una revista y vendió tantos números que hizo que Boca salga campeón en las gargantas antes que en la cancha. Comprendió el sadismo del peronismo como nadie, interpretó con tacto su proscripción y no cayó en sus propias contradicciones. Usted fue el dueño de la mejor tapa de la historia del periodismo, el primero de julio de 1974: “Murió”. Seca. Tácita. Sin bajada. Como Perón.

Usted fue el hombre que mejor decodificó la distancia entre el rezo y la estampita. Y usó esa desesperanza a favor de sus titulares. Su soledad ganó seis Martin Fierro al hilo, sus trabajadores perdieron los otros quince. Siempre que ganó, humilló. Siempre que perdió, le echó la culpa al complot de los poderosos o de los inútiles. Como la crema de los argentinos, optó por tener todos sus derechos y ninguna de sus obligaciones.

No se puede ser y haber sido. Su imperio duró menos que el de Disney, pero fue más real que Mickey. O al menos fue diferente. Usted fue el dueño del parque de diversiones posible. El maquinista del abismo que interpretó el miedo a las alturas de los tipos que simpatizaban con el suelo. El gallego que supo entender que la foto y el concurso de gaseosas a veces valen más que el análisis de coyuntura. El primer gran empresario de medios de la Argentina. El que inventó a Víctor Hugo. El aliado de los artistas en las noches más largas. El dueño del teatro Estrellas, al que le pusieron una bomba. El amigo de Sandro. El hermano de Ariel Delgado (a quien dejó ir del Canal en silencio). El socio de Duhalde y el enemigo de Alfonsín. A todos, absolutamente a todos, los convirtió en teclas de su máquina de escribir Olivetti Lettera 33.

El chico que colgó la soga entre la rotativa caliente y la Casa Rosada, jugó a saltarla con 24 presidentes: pocas veces se acalambró, pocas veces quiso dejar de rebotar en el piso. Perdió en el último salto, como todos. Fue el gran intuitivo que el país merecía, la posteridad definirá si fue el que necesitaba. Hizo más que muchos: la faena del olfato que corre por izquierda a los santos evangelios le salió estupenda. La consigna de estar firme junto al pueblo fue un hallazgo sensacional, aunque algunos crean que de tanto repetirse ya no tiene sentido, ni el slogan ni el pueblo.

Cien veces lo quisieron matar. Lo intentó secuestrar la izquierda y la derecha. Tal vez, insistió en el doble rapto para sobrevolar las reinterpretaciones del peronismo y salir con pelota dominada. Tal vez fue cierto.

Usted fue un genio. El genio que odió a todos los magos, por eso denunció todos los trucos que no salieron de su redacción: publicó las artimañas del concurso de gaseosas, de los casamientos de enanos y al reality de cocina. Liberó a la momia negra para la psicosis del piberío. Se enfrentó con Maradona, López Rega y Néstor Kirchner. Dio por ganadora a Pinky en La Matanza (ante un atónito electorado). Y le dijo “vos SOS mío”, a un productor que no quiso darle un diario que había comprado usted. Por eso, usted también fue un anti–genio.

La culpa la tuvo usted. Siempre. A veces en forma de pálpito, a veces en forma de arma de fuego. Gozó cada una de sus primicias como alguien que espera la cura: el suicidio del empresario Alfredo Yabrán, el de Leonardo Simons y el de René Favaloro. La renuncia de Cavallo como ministro de Economía de Menem. La salida de Guillermo Coppola de la cárcel y el doping de Diego Maradona en Punta del Este. La explosión en Rio Tercero (Córdoba). La muerte de Carlos Menem (junior). El nacimiento del tercer hijo de Marcelo Tinelli. La grave enfermedad de Sandro. El caso Carrasco, que motivó el fin del servicio militar obligatorio. El motín en la cárcel de Sierra Chica. El accidente de Lapa. La toma de rehenes en el Banco Nación de Ramallo. El crimen de José Luis Cabezas. La tragedia de Cromañón. Y las muertes de Néstor Carlos Kirchner, Nicolás “Pipo” Mancera y Emiliano Moyano, uno de los hijos del líder de la CGT. El atentado a la AMIA y La tragedia de Once. Saberlo antes da poder. Publicarlo, más.

Sumó más muertos que la mayoría y pensó cosas aún peores. Dictaminó ganadores y perdedores antes que la gente salga del cuarto oscuro. Hizo repetir el suicidio del Malevo Ferreyra y advirtió a todos que en instantes se pegaba el tiro. Dijo que las placas rojas falsas también constituían la reputación de las verdaderas, para no confesar que con su vida también pasaba lo mismo. Cuando tuvo que escoger entre Zulma Lobato y el Turco Asís, se quedó con la travesti. Tal vez algún día cuente por qué.

Quizás los que hicieron una lectura de su vida desde el ventilador que no funcionaba o la pared descascarada, alguna vez tengan que dar explicaciones. Tal vez habrá quienes analicen su línea de tiempo por los aportes jubilatorios que no hizo, por los proyectos que truncó, por las injusticias que infringió a la gente que lo amó y admiró en partes iguales, por las genialidades que negó con un gesto sin siquiera escucharlas.

Fue menos que Natalio Botana, tal vez porque vivió el doble. Al director del diario Crítica la muerte lo sorprendió en una ruta de Jujuy con su amante, mientras ponía y sacaba presidentes; sus biógrafos lo recuerdan desangrado mientras esperaba un médico de Buenos Aires. Tal vez usted tomó esa misma sangre para volverse record. A él no le pasó Perón, a usted si. Los titulares fueron su verdadera línea editorial. Nunca dilapidó a propósito la reputación de un jefe de Estado, cual fiscal del orden y las botas, como Jacobo Timerman. Ni desarmó un teléfono al aire para demostrar que en los cables no estaba la Patria, y entonces hablar a favor de las privatizaciones, como lo hizo Neustad. Jamás hizo el amor con el terror.

La suma de todas nuestras habilidades no estuvo a la altura de ninguna de sus órdenes. Tal vez por eso no tuvo socios. Ahora está en su sillón. Ahora le dan premios a la trayectoria. Y los periodistas que jamás consideró más que hormigas le hacen notas para seguir demoliendo ese edificio sin agua, luz ni gas que es el kirchnerismo.  Ahora pide la quiebra de su propia creación, como un padre que quiere que su hijo se muera porque se casó. Ahora no llama desde los internos. Ahora la noticia de la venta de su ex-canal llega en el mismo comunicado que informa una canasta navideña. Ahora nadie lo quiere matar. Ahora la culpa ya no la tiene usted. Ahora que las órdenes ya no llegan de teléfonos blancos, si quiere volver a llamar, le pediremos una idea.

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