el negro espejo de las clases medias
Hernán Vanoli escribe sobre Tres Cuentos de Martín Rejtman 
Ilustraciones: Mariano Lucano
14 de Junio de 2016
crisis #24

Antes de que existiera una serie como Black Mirror, que quizás deba su inusual calidad a la poca cantidad de episodios, en épocas de VHS en alquiler y ajuste neoconservador, me encantaba mirar los capítulos de Cuentos Asombrosos. Casi todos los episodios estaban producidos e ideados por Steven Spielberg. Su nivel era oscilante pero muchos, y no necesariamente los mejores, podrían ser leídos como el germen de exitosas películas posteriores. Voy a detenerme en un corto que dista de ser el mejor, el episodio 7 de la primera temporada, llamado “Fine Tuning” (1985) , “Buena Sintonía”. En este capítulo, un joven de unos quince o dieciséis años, llamémoslo Bobby, arma una antena de tele casera en su habitación. El aparato es estrambótico y tiene un encanto retro similar al que en ese mismo año podríamos disfrutar en el DeLorean de Volver al Futuro. En épocas en que las transmisiones por cable apenas comenzaban a expandirse, Bobby descubre que su invento puede sintonizar un partido de básquet de la liga universitaria de un estado vecino. Mueve las terminaciones de la antena y logra capturar un noticiero de la China comunista, que como era de esperar tiende al monocromo y habla del clima y de las cosechas. Bobby le muestra su descubrimiento a sus padres, que lo felicitan pero acto seguido lo intiman a que baje a cenar. Al otro día, en clase de química, Bobby le relata su descubrimiento a dos rubios y populares compañeros de clase. Los tres jóvenes van a casa de Bobby a ver si no se trata de un delirio de este chico algo nerd y con fugaces problemas de adaptación. Cuando lo prueban, el aparato funciona. Quizás funciona demasiado bien. 

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Tanto la obra literaria como la obra cinematográfica de Martín Rejtman -su última película es Dos Disparos, estrenada en 2014- funcionan un poco como la antena de Bobby. Pero la de Rejtman es una antena que, en lugar de captar señales de tierras lejanas, se muestra capaz de dramatizar, sin tragedia pero sin concesiones, el inconsciente político de las clases medias argentinas. En la poética de Rejtman se trata de un espacio cenagoso, automatizado, con turbias corrientes de resentimiento y aspiracionalidad que circulan en loop. Un territorio con fronteras porosas donde la vida en común se organiza con la gramática del malentendido, siempre en las fronteras de una pacificación imposible.  Pero mientras que Dos Disparos es una película basada en una exploración de los paraísos terrenales que comparten las clases medias bajas y las aspiracionales en declive -basta ver el parque automotor o la arquitectura representados por Rejtman en la película- , su último libro, Tres cuentos, publicado en 2012, es una anatomía dolorida del estilo de vida de las clases medias simbólicas: los paladines del consumo cultural y del turismo, las viudas del confort. 

A diferencia de sus otros libros, Tres cuentos parece hacerse cargo de una irrefrenable aceleración en la experiencia cotidiana, de un modo de vida que se virtualiza y prolifera en conexiones impensadas y muchas veces signadas por el absurdo. Rejtman logró superarse y efectuar una actualización doctrinaria sin resignar los principios de su estética; más bien los maximizó. Les puso biodiesel y los hizo estallar en un espectáculo contenido y proliferante. Esto puede decirse de pocos escritores en general, y de casi ningún escritor argentino de su generación. Aquel que no haya leído Tres cuentos podría ubicar a Rejtman dentro de la tradición del realismo minimalista, quizás incluso dentro de lo que la crítica Graciela Speranza ha llamado con buen tino de “realismo idiota”. Y es cierto que la apuesta por la abstracción que Rejtman realizaba en su literatura era hasta el momento una cruzada de bajos decibeles, donde el extrañamiento y la sutileza provenían de la invocación a subjetividades vacías, casi sin sustancia: una poética de la alienación, una política de la desconfianza como forma de decodificación de lo Real. Lo que antes era una guerra de guerrillas contra las convenciones del realismo, sin embargo, devino implacable hiperrealismo. Como a la antena de Bobby en el momento en que invita a sus amigos y al principio, por un momento, tememos que no va a funcionar, la prosa de Rejtman recibe un rayo del cielo; un rayo que genera algo nuevo. Bobby comenzó a sintonizar programación extraterrestre. Rejtman escribió sobre los núcleos traumáticos del inconsciente político de su propia clase dentro del gran equívoco neodesarrollista. 

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“Este-Oeste”, el primero de los tres cuentos, es una historia de turistas. Al principio su protagonista es Lara, una chica que terminando el colegio secundario queda embarazada, da a su vástago en adopción y por circunstancias más o menos fortuitas decide viajar a Chile con un grupo de amigos, quizás en busca de su padre. Un padre que también la había abandonado y con el tiempo se ha convertido en un adicto al turismo médico y las intervenciones quirúrgicas. En el viaje, que realiza junto a su amigo Pato -”Lara no soporta la erudición ideologizada de Pato” pero de alguna forma lo necesita- se encuentra con Esteban, el padre de la criatura, en una pizzería en medio de las montañas. La comunicación es imposible. Esteban -ahora se hace llamar “el Chacal”- era conserje de hotel, pero se ha convertido en artista plástico. Vive de residencia en residencia. La segunda parte del cuento sigue el itinerario del Chacal, que viaja a una residencia artística en Estados Unidos, donde roba alimentos de sus compañeros que pueden ser pintores o “escribir cuentos ligeramente eróticos”, termina quemando su habitación como un buen discípulo de Arlt y luego se muda a Los Ángeles junto a Ben, un recién llegado que tampoco tolera la residencia. En Los Ángeles convive con Ben y con su hermano en un pequeño departamento vecino a un enorme gimnasio de hot yoga cuyos dueños son una suerte de vampiros bronceados que ambicionan conquistar el espacio vital del Chacal y sus roommates para expandir el negocio. El cuento, que quizás podría ser pensado como una novela corta y no se priva de un final epifánico, es desopilante. Y al mismo tiempo es una perturbadora reflexión sobre el nexo de nuestra cultura con lo anglosajón y sobre el resto que pervive tras la conquista de la naturaleza por parte de lo urbano.  

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El segundo de los cuentos -o nouvelles- se llama “Eliana Goldstein”, y el tercero “El Diablo”. Al igual que “Este-Oeste”, ambos presentan un caleidoscopio delirado de relaciones familiares o amistades que parecen fútiles y sin intensidad. Una narración de la errancia y el deambulamiento por diferentes escenarios urbanos, sin objetivos claros, con cambios de nombre, intercambios de pareja, transacciones económicas deshonestas, promesas vaporosas, alienación autocelebrada. La porquería mental de la clase media simbólica se atasca en el desagüe y compone una forma que no carece de belleza.  

“Eliana Goldstein” podría pensarse como una suerte de manifiesto sobre el fin de las barreras generacionales (bares swingers que mezclan jóvenes con adultos, un reviente lleno de ancianos adolescentes y de jóvenes viejos), el tiempo enloquecido del posfordismo laboral (ascensos y caídas en breves lapsos y sin causas claras) y la ley de hierro de la herencia conjugada con la imposibilidad del acceso inmobiliario para las clases medias simbólicas (la tragedia de la propiedad). “El Diablo”, por su parte, desarma las categorías de campo y de ciudad, pero su locus se encuentra en el antagonismo social. La verdadera fuerza que tracciona al relato no es otra que el conflicto entre visiones del mundo al interior de una franja social quebrada y confundida, indecisa e indescifrable, que solo interviene en lo público gracias a sus disensos, a sus berretines o a irracionales estallidos de violencia. Si el kirchnerismo fue una guerra al interior de las clases medias, y si fue derrotado por la aparición soterrada del golem dormido de aquellos a quienes dentro de los marcos interpretativos de la fuerza política derrotada “les había ido tan bien” -finalmente capaces de romper un modelo de acumulación que los favorecía-, la tensión política que atraviesa a todos los cuentos se hace carne en la figura de Matías, el misterioso diablo al que alude el título. 

Se trata de un personaje indescifrable y volátil. Su primera aparición es como protagonista de una violenta pelea a trompadas en el medio de la calle, contra un colectivero. A diferencia de lo que ocurría en el recordado fragmento de Relatos Salvajes de Szifrón -un pobre contra un soberbio empresario que conducía un cero kilómetro-, la barbarie está en esta escena del lado del sujeto de clase media -dueño de un Ford Escort, el auto prototípico. ¿Una revancha de clase por las paritarias? Lo cierto es que Matías castiga con saña al chofer gracias a sus músculos de gimnasio. Luego, a lo largo del cuento aparecerá en diferentes momentos acusado de izquierdista, de violador y de vándalo; de ladrón, de cheto. Acusado de ser un individuo proveniente de la zona sur, con un mellizo, que se había mimetizado como una persona de zona norte. Lo significativo, sin embargo, es que Matías genera una suerte de revuelta espasmódica e inorgánica de rugbiers al interior de un country club en la provincia de Córdoba. Una situación de violencia social desenfrenada que podría ser pensada en paralelo tanto con una manifestación multitudinaria de indignados como con los actos de vandalismo que se producen en los festejos futboleros. Al final de la revuelta, y con muertos y heridos en su haber, los rugbiers sublevados por Matías huyen a Miami, pero sin él. Matías reaparece en un emprendimiento turístico de neorrurales.    

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La antena de Bobby comienza a sintonizar programación propia de una galaxia lejana. En los programas, Bobby y sus amigos identifican versiones alienígenas de tiras televisivas norteamericanas de décadas anteriores, esto es representadas por una suerte de pequeños seres esponjosos y rosados de leves reminiscencias humanas. Se destaca la versión extraterrestre de Yo amo a Lucy, protagonizada originalmente por Lucille Ball y su marido Desi Arnaz. Gracias a un cálculo basado en la distancia a años luz de las transmisiones, los adolescentes descifran que los extraterrestres desembarcarán en breve en Los Ángeles, meca de los sueños televisivos. Se produce el encuentro; cachorros humanos y extraterrestres van juntos a comer hamburguesas. Los alienígenas están disfrazados como los hermanos Marx y son voraces, pero nadie lo nota en esa tierra de freaks y de libertad que es Los Ángeles. Y sin embargo eso no es lo más llamativo. Lo que más impresiona es que en su recorrido por lugares túristicos como el teatro chino o las casas de famosos, esos visitantes galácticos se comportan como toddlers. No hay traducción exacta de esta palabra al castellano, pero se refiere a los niños pequeños, de entre uno a tres años, que descubren el mundo con torpeza y temeridad, con sorpresa y una buena dosis de idiotez. De hecho, el sustantivo viene del verbo “to toddle”, que podría ser emparentado con nuestro “deambular”. Son exploradores y festivos, desconocen la propiedad privada y al mismo tiempo se creen dueños de todo, desarrollan corrientes intensas de cariño pero también viven en el desapego. 

El final de Fine Tuning es conmovedor. Incapaces de seducir a las estrellas de televisión terrícolas, que por su parte están viejas y no quieren pasear por el espacio, los toddlers alienígenas terminan reclutando a un circo de comediantes de feria pobres y desharrapados, un pequeño ejército de marginados borders que portarían, según la lectura de Spielberg, algo así como la esencia de la televisión: los números humorísticos y de vodevil que en cierta medida fueron precursores de las comedias hogareñas del estilo Yo amo a Lucy, pero también de los mismos Cuentos Asombrosos. Sin nada que perder, estos hombres se suben a la nave espacial y viajan hacia la tierra prometida, el Hollywood de otra galaxia, donde serán amados y harán reir. 

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Quizás haya un punto en que Martín Rejtman haga lo mismo con el sonido que lo que los extraterrestres hacen con Hollywood, y otro punto en el que consiga lo mismo que Bobby hace con su antena. Captar señales lejanas, sonidos deformes que desea homenajear. Todos los cuentos de Tres Cuentos están atravesados por sonidos sordos, sonidos blancos, sonidos perturbadores y atonales que curvan la experiencia. Un concertista que no deja dormir a un personaje, sonidos de explosiones en la noche, ruidos de motores de aviones, pianos que nunca suenan y diálogos que no comunican. El sonido, el rumor social como el murmullo inconsciente y ensordecedor de una clase social deforme y enloquecedora. Ese es el material de una literatura que se mira a los ojos con el presente y que dramatiza sus contradicciones con la infecciosa versatilidad de un cáncer. 

Pero hay algo más: como los alienígenas de Bobby, o de Spielberg, los protagonistas de Rejtman son, en el fondo, toddlers. Seres infantiles fascinados con el sonido de la sociedad, que comparten hoteles y departamentos, dispersos y errantes, voraces y con cierta terrorífica inocencia, ansiosos por divertirse y por llevarse lo mejor, o lo que puedan conseguir, sano y salvo a casa aunque, en realidad, no haya lugar adonde ir. ¿Se burla Rejtman de la clase media? ¿Su absurdo es una forma de desapego? Podría decirse: Rejtman se burla de la clase media en la misma medida en que Spielberg se burla de la televisión.  

Tres Cuentos de Martín Rejtman.
Literatura Random House, 2012, 286 páginas.

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