el fantasma en ti | revista crisis
dos meses y un cotidiano
el fantasma en ti
Ilustraciones: Mika Depetris
14 de Octubre de 2020
crisis #44

 

Con Moto decimos mucho “qué ridículo no regalarle el mundo”. Es cuando algo nos encanta. Por ejemplo, un día de agosto durante cinco minutos, cuando vemos caer por la ventana la nieve. Vemos unas hamacas, unos árboles y dos monopatines, los copos caer como paracaídas, graciosos de cancheros, y suspiramos: “¡qué ridículo no regalarle el mundo!”. Es una frase que pusimos de moda. Entre nosotros. Podríamos decir “se merece un Oscar”. Pero nos gusta más así.

Nos conocemos hace poco. Un día de julio. Yo estaba como cuando decís sí y alargás la i. En la puerta de casa. No se veía bien porque el foco roto y la noche. Y Moto me pidió entrar. Pero no. Entonces se trepó a la ventana de la cocina. Y prendí la luz y lo miré: a él y a su herida en la mejilla. Del tamaño de una moneda de 50 centavos. Roja.

Moto en realidad es su apodo. Se llama Motorizado. Un tigre en casa. Esa noche le di un poco de leche. Nos hicimos amigos. Oh.

A la mañana siguiente, llegó el momento de ver cuál era su casa. Me llevó hasta la ventana de otro departamento. Una mano sacó un tarrito con alimento. Le pregunté a la mano y me contó que a Moto lo habían abandonado hace un año, que sus dueños se habían mudado, que tenía más o menos dos años, que hacía poco habían hecho una vaquita con otras manos para llevarlo a la veterinaria por esa herida infectada.

También la mano me contó que Moto se llamaba doctor Chano.

Y que tenía hace un tiempo un video en Facebook, que lo habían hecho para encontrarle una casa. Que se la habían encontrado. Los noticieros siempre ponen en esta parte la noticia menos esperada. Manejan bien el doble sentido.

Así que fui un buen médico y se curó. Ahora está radiante. Y cuando lo miro estoy mirando a mi perro marrón, Farías, que cuando llegó ese momento cerró los ojos un buen rato, entre los arbustos, un día de lluvia, y los volvió a abrir cuando le dije “todo va a estar bien chiquito”, y los volvió a cerrar. Moto se parece a un perro. Que se parece a mí.

 

Moto es gris.

La bandana que llevan unas chicas a las que veo correr todos los días es celeste. La remera que usan dice Catholic Nation. El monasterio de ladrillos con mucho parque y una Kangoo en la entrada se llama de la visitación de Santa María. El camión que pasa con un megáfono vende por 350 pesos la bolsa de papas. El alambrado que no me deja llegar al río Luján por esa calle lo levantó una Universidad, en nombre de Dios. El cartel que anuncia que está muy cerca el paseo ribereño miente. Se dice que el experimento no funcionó porque había muchos robos. Debe haber muchas más razones. Como pasa casi siempre.

Como pasa con la alergia. O con las canciones. Cada uno se salva como puede. Están los que leen libros porque encuentran otro mundo. Está lleno de los que vuelan escuchando cómo el fuego derrite la leña. O gritando gol. Conozco a un montón que hablan con las plantas. O con los animales. Me conozco a mí mismo, muchas veces. Los que ven en los crucigramas una guarida. Los que dibujan. Los que transpiran para expulsar su parte odiosa o alimentar su deseo. Pero quedan pocos que reniegan del poder de las canciones. Yo a las canciones les entregaría mi futuro. Les confío. Como a los que te salvan.

Cada uno se salva como puede. Están los que leen libros porque encuentran otro mundo. Los que vuelan escuchando cómo el fuego derrite la leña. O gritando gol. Conozco a un montón que hablan con las plantas. O con los animales. Pero quedan pocos que reniegan del poder de las canciones.

 

Por eso me anoté en un taller con el mejor nombre del mundo: “Escuchá esta canción”. Lo dio una de mis cantantes preferidas, Paula Trama, que es la voz de Los Besos. El mundo está lleno de gente con destrezas. La mitad de las veces ni me llaman la atención, para qué mentir. Ni la gente ni sus habilidades, ni sus cálculos. Pero lo que más me gusta de Paula es que su destreza tiene corazón. Y que dice que le gusta escribir canciones cuando está feliz. Fui a su taller para ver si aprendía. A todo.

No sería tan sencillo. En eso pienso una noche a las 3 o a las 4, que no dejé ningún final de película para ver y me desperté y entonces fumo. Salgo y el hilo se despliega solo: de la desilusión, de la maldad, de cómo atrapar todo, de la incomprensión. Un plomo. Y la escenografía también: el aire helado, la sensación de que a esa hora el mundo es otro, que sin embargo yo soy el mismo y el silencio atroz. Y la pregunta: “¿Moto, dónde estás?”.

Moto duerme muy bien de día. Y sale muy estupendo de noche. El insomnio, se me ocurre, multiplica lo que llevamos adentro, es casi tan bueno en eso como los domingos. Suben el volumen.

Eso mismo me dieron ganas de decir por unos segundos, los pocos que duró la mini escena de la serie Transparent donde un chiquito escucha en el asiento de atrás del auto, con sus auriculares, The ghost in you de The Psychedelic Furs. Y también de saludarlo al que tomó la decisión: “ey, este tema es lo más” y contarle del día que compramos el disco con mis amigos y a la noche lo llevamos a una fiesta. Lo que gritamos. Pero es algo que en esa serie pasa muy seguido. En otro capítulo pasaron casi completa Razor Love, de Neil Young. Y siempre puestas tan bien, tan el cielo. A veces lo único que recuerdo de cualquier cosa son las canciones. A veces lo único que busco es compartir la exaltación. Me pasa también cada vez que veo Treme, de David Simon. El protagonista es un trombonista, que canta también la mejor versión conocida de otros fantasmas: I don’t stand a Ghost of a chance with you.

 

A Moto le gustan mucho las canciones. Y más allá de su euforia cuando escuchó a Shakira, estamos un poco fans de Jim Croce, un señor que cantaba por todos lados. De acá para allá. Un trabajador de la canción. Un camionero con bigotes. Gran contador de historias. De sonrisa hipnótica. Que vivió en una granja. Que grabó un disco con su amor, Ingrid. Que murió a los 30, un día antes de la primavera de 1973, cuando muchos estaban hablando de él en Estados Unidos. Su avión se estrelló contra un árbol. Qué ridículo no regalarle el mundo, darle un Oscar, invitarlo esta noche, le digo a Motorizado. Charlar un rato. Morirnos de risa. Eso es lo que nos está faltando.

Con Moto también decimos mucho “no tenemos perdón de Dios”. Es cuando algo no nos gusta de otro pero no queremos que se dé tanta cuenta. Y automáticamente nos acordamos de Los galgos, los galgos, el libro de Sara Gallardo, que mientras leí, en lugar de subrayar, le destaqué en voz alta: “¿Pero qué me importaba a mí que me perdonaran o dejaran de perdonarme en ese tiempo que a pesar de todo era feliz, como está feliz la copa del árbol mientras las nubes crecen, mientras todo calla, y lo único que parece verde y feliz son esas hojas que resaltan sobre un cielo morado y de las cuales no quedará ni una dentro de un rato?”. Punto. Y, acto seguido, muy enojados con lo que no nos gusta, damos media vuelta y nos vamos a mirar. A ver si, en una de esas, vuelve la nieve.

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