Luego de un arranque de año en el que la ultraderecha desplegó niveles altísimos de prepotencia, aparecen signos de interrogación acerca de su capacidad para llevarse todo puesto. El desaforado poder imperial comienza a mostrar que su pretensión de omnipotencia tiene límites.
El primer hecho relevante es el pantano bélico que representa Irán para el inefable Donald Trump. En cuestión de días el bravucón pasó a ser un loser. La superioridad militar, principal argumento de su señorío, fue desafiada por la resistencia de una nación decidida a defender su soberanía, asumiendo los sacrificios que eso implica. Ahora el matón no sabe cómo salir del entuerto y se prepara para afrontar una elección de medio término que pinta desfavorable. Los entusiastas ya vaticinan un colapso irremediable, aunque el imperialismo norteamericano ha mostrado más de una vez que puede rehacerse. En todo caso, el dato es que su avasallante empuje se tornó refrenable.
En segunda instancia aparece el comicio presidencial en Hungría celebrado a mediados de abril, donde uno de los principales referentes de la extrema derecha global fue derrotado sin atenuantes. Lo llamativo no es que el otrora imbatible Viktor Orbán se comiera una paliza, de hecho el retador es otra figura reaccionaria salida hace poco de su círculo más íntimo por lo que no hay que esperar un cambio significativo. Lo relevante es que haya aceptado sin chistar el resultado de las urnas, cuando la mayoría de los analistas anunciaron fraude o esperaban el desconocimiento de la voluntad popular. Parece que la audacia de los fachos tiene coto.
La tercera señal de que el péndulo puede haber llegado al extremo diestro de su desplazamiento es el declive del modelo económico y la imagen del emprendimiento libertario en nuestro país. No se atisba una crisis terminal aún, pero los pases de magia financieros y el ayudín del amo del norte apenas alcanzan para evitar el desastre macro, en ningún caso alimentan un ciclo virtuoso. La paciencia se agota, el desengaño de quienes se ilusionaron crece y la pregunta por qué viene después ya orienta a la mayoría de los actores.
Lejos estamos de esperanzarnos con un cambio repentino del curso histórico, pero quizás empiece a configurarse una fuerza a contracorriente. Si hay algo que no debemos olvidar es que el autoritarismo de los déspotas esconde una íntima impotencia, tan inconfesable como patente. Porque su señorío en última instancia no depende de la propia supremacía, sino de la obediencia que sus enemigos estén dispuestos a soportar. Estemos.
algo estamos haciendo
Las marchas por el 24 de marzo en todo el país significaron un clic anímico para los sectores progresistas y de izquierda. La verificación de que existe una enorme capacidad de movilización latente prefigura una recomposición en ciernes de la propia fuerza. El movimiento de derechos humanos se está sacudiendo el sopor que lo envolvió durante varios años y recupera la vitalidad desde afuera y contra el Estado. El mero victimismo o la coartada de fingir democracia se revelan actitudes infructuosas y tal vez cómplices, aun si no sabemos del todo cómo se combate hoy.
Las luchas por la memoria suelen anticipar la conflictividad general, incluso son un factor que motiva su reavivamiento. La clave es transgredir el mero referirse al pasado, para convertirse en un artefacto crítico de la opresión en el presente. En el aniversario del último golpe militar no se apuntó solo a la dictadura de hace medio siglo, el agite fue explícito contra el fascismo que en este momento ocupa la Casa Rosada. Pero no se trata solo de un giro lingüístico, ni siquiera de una declaración de intenciones. Hay que establecer conexiones concretas entre las experiencias históricas valiosas y el malestar que se desata aquí y ahora. Auscultar el dolor contemporáneo, que tiene mecanismos de expresión inéditos y quizás extraños, para descubrir modos de politización que estén a la altura. Inventar las armas novedosas de una resistencia que precisa mayores grados de eficacia. Es en este fascinante trajín que implica la experimentación popular en carne viva, donde se forjará la imaginación política necesaria para reabrir un horizonte de dignidad colectiva. Vamos a precisar tiempo, paciencia estratégica y mucha lucidez para eludir los atajos. La disputa deberá librarse en todos los terrenos y las instancias, sin excepción, pero también sin jerarquías salvadoras en las que delegar la solución. Y es preciso desbordar los circuitos donde nos sentimos cómodos, o donde la inercia nos deposita, para adentrarnos en territorios desafiantes. Nadie intuye a qué lugar arribaremos, lo importante es ponerse en movimiento.





